Comparto mi voz, comparto mi lectura

Portrait Ludwig van Beethoven when composing t...

Portrait Ludwig van Beethoven when composing the Missa Solemnis (Photo credit: Wikipedia)

Comparto mi voz, comparto mi lectura, es un club que se conformó a partir del encuentro en la biblioteca pública. Participan personas con discapacidad visual y lectores voluntarios. A la lectura se llega a través de diferentes formatos: libros ilustrados, en tinta, obras científicas, archivos de audio, películas, fotografías,obras de arte, sitios web, entre otros. En fin todo aquello que se puede leer desde diferentes niveles de percepción y que permite el acceso al conocimiento a través de la literatura, el arte, la historia, la música, entre otros temas. Lo fundamental para este grupo es compartir la experiencia lectura, en donde se piensa en la relación con el entorno y se generen procesos de auto-reconocimiento.

Desde marzo de 2013, este grupo emprendió un acercamiento a la música académica. Ha sido la oportunidad para conocer el desarrollo de este arte, así como la obra de grandes compositores . El encuentro en mayo será para abordar la obra de Beethoven. Encontrarán en esta página referencias para conocer su creación

Mi experiencia con la música

Por Liborio Sanchez. Lector voluntario
Marzo 2013

Van ideas sueltas, mezclas de recuerdos, cronologías no muy exactas y vacios grandes, todo con una gran emoción.

La “Radiodifusora Nacional de Colombia”, fue fundada en 1940. En esa época las radiodifusoras y los equipos receptores eran bastante simples y limitados. Las emisoras comerciales solo ponían música “clásica” en Semana Santa y ésta consistía en valses de fines del siglo XIX y comienzos de XX. Los discos eran de “pasta”, de 78 revoluciones y los de música “clásica” tenían un diámetro mayor, los cuales venían en álbumes de pasta dura, para proteger los dos a seis discos que componían la obra. Una labor que nos correspondía a los hijos era la de dar la vuelta y cambiar los discos “sin rayarlos”. Con el advenimiento de la Radiodifusora Nacional, se tuvo un amplio acceso a la música académica; pienso que como un 80% de la oferta musical era de este tipo, el resto era de otros países y colombiana, en especial de la zona andina. El Jueves Santo en la tarde casi siempre pasaban “Parsifal” la ópera de R. Wagner, que duraba como cuatro o más horas. Los pequeños “detestábamos” esa ópera, tanto que siendo mayor, siempre he rehusado oírla, así esa historia del Santo Grial y la música sean interesantes o bellas. La Radiodifusora Nacional también transmitía obras de teatro y recuerdo varias del teatro clásico griego y posteriores, escribían, dirigían o actuaban Oswaldo Díaz D., Bernardo Romero L., Carmen de Lugo, Alicia de Carpio entre otros. Había programas de comentarios musicales, uno de los comentaristas era Andrés Pardo Tovar. Estas experiencias las tuve cuando estudiaba primaria y continuaron.

La Escuela Normal Superior, calle 13, carreras 16 y 17 (luego U. Pedagógica de Tunja y Bogotá), tenía como colegio adjunto al Instituto Nicolás Esguerra, donde estudié el bachillerato. La fortuna era poder disponer de la biblioteca, los laboratorios y los equipos de la Escuela Normal Superior, pero por sobretodo, muchos de los docentes nos dictaban clases y conferencias. Era la sede del Instituto Etnológico Nacional; nos enseñaron las nuevas interpretaciones de la historia, geografía, a interesarnos por la literatura, la música académica. Se podía escoger entre gimnasia y música. Mi selección fue música, gracias a la cual, por un error administrativo, perdí gimnasia de quinto de bachillerato y tuve que habilitarla, ¡pasé!

La Biblioteca Nacional tenía una sección “ Biblioteca circulante “; si el libro no era entregado a las dos semanas, había que pagar una multa como de 2 centavos diarios, lo cual para un estudiante corto de dinero, era bastante. Para llegar a la Biblioteca, se pasaba a media cuadra del Conservatorio Nacional, funcionaba en una casa grande de finales del siglo XIX o comienzos del XX, en la carrera 7 calles 24 y 25. Se podía entrar y curiosear las salas de estudio y ensayos. Después de dos años de aplicar a cabalidad mi “lucha de clases” con el solfeo y varios instrumentos, el profesor me dijo que realmente me gustaba la música y que su consejo era que me dedicara a oírla. Suena cómico, pero por fortuna seguí su consejo. En la casa cambiaron el radio de “dos bandas” por un Telefunken de “cuatro bandas”. Se podían oír emisoras de muchos lugares del mundo, incluidos Asia y Europa, la sintonía era mejor en la noche. Se podían seguir los campeonatos de béisbol de Cuba, Santo Domingo, Venezuela, disfrutar las orquestas de música popular Cubana. Los sábados en la noche por una Emisora Venezolana transmitían un programa didáctico de música. El profesor explicaba, acompañado con piano, la estructura de algunas formas musicales: sonata, sinfonía, fugas, contrapunto, el espíritu del allegro, lento, adagio, con brío, etc. El nueve de Abril le puso sombras a la terminación del bachillerato.

La Facultad de Medicina de la U. Nacional quedaba en la calle 10 carreras 13 y 15. El plan de estudios era muy intenso y los profesores tenían la fama – bien ganada – de ser excesivamente severos. Tuve que alejarme de las lecturas que no fueran de estudio por casi tres años. El campo de las artes plásticas se abrió. Había varias galerías de arte: una en la Avenida Jiménez carreras quinta y sexta, en el sótano de un edificio frente al Café Automático. Esa galería era del padre de quien unos quince años después vino a ser mi esposa. Otras galerías eran la de la Librería Central (el Callejón), la Librería Bucholz y la de la calle 24 de Casimiro Eiger. La Emisora “HJCK El mundo en Bogotá” comenzó a funcionar en 1950, en la calle 17 arriba de la carrera séptima, allá se iba por el Boletín de programas, publicación quincenal, si no me falla la memoria. Casi toda la programación era de música académica, la cual se convirtió en compañera permanente de las horas de estudio y trabajo en la casa. Con la HJCK inicié el conocimiento y gusto por el Jazz. El comentario previo a los programas e interpretaciones de toda la música que pasaban no solo me aportó conocimientos sino que me permitió desarrollar más el gusto por la música. Llegaron los discos “long play”, de vinilo, de 33 revoluciones y una amplia variedad de radios con tocadiscos “automáticos”. El almacén de discos más grande para música académica era “Discos Daro” frente al teatro Colombia (hoy Jorge E. Gaitán), En el Teatro Colón se presentaban espectáculos musicales, teatro, danza, poesía. La asistencia no siempre era grande, aunque a veces había que comprar las boletas con varios días de anticipación. La Sociedad de amigos de la música y la Sociedad musical Daniel, eran las dos empresas que traían grandes grupos musicales e intérpretes. En una ocasión, por casualidad, se encontraron el pianista Wilhelm Backhaus, el chelista Pierre Fournier y el violinista Joseph Zigeti, se pusieron de acuerdo con los empresarios y la Sinfónica de Colombia e interpretaron el triple concierto de Beethoven. Trajeron entre muchos otros, a la contralto Marian Anderson, a directores como Roberto Benzi cuando era muy joven, Leonard Bernstein, Aaron Copland, los coros de Robert Shaw, Claudio Arrau. De estudiante, mi ubicación era el “gallinero” o sea, balcón general. Se llegaba temprano a hacer fila, con libro para estudiar, luego de haber comido un sánduche en una “cigarrería” a pocos metros del teatro (hoy Hotel de la ópera ).

Hice el año rural obligatorio en un corregimiento al norte y oriente de Caldas. Una grata sorpresa fue que Manizales tenía una orquesta sinfónica. Otro recuerdo, los dos días de viaje a lomo de mula y bus, para llegar a Medellín a oír a J. Zigeti. Durante los años de estudio de la especialidad y primeros de ejercicio profesional, la oferta cultural se amplió. En el cine club de Colombia y luego en el cineclub médico (el cual funcionó en el Hospital de San Juan de Dios y luego en el auditorio de la Radio Sutatenza), uno de los temas para comentar, era la música en el cine. En la casa de una hija de Andrés Pardo Tovar, nos reuníamos los sábados en la noche amigos para oír música, comentarla, hacer tertulia, dirigidos por Andrés; allá conocí a quien hoy es mi esposa.

Construyeron los auditorios de la Biblioteca Luis Ángel Arango (1966) para música de cámara y el León de Greiff en la Universidad Nacional de Colombia (1973). Se creó la Orquesta filarmónica de Bogotá ( 1967). Los directores de orquesta primero Olav Roots con la Sinfónica de Colombia (funcionaba desde 1952) y luego Dimitri Manolov con la Filarmónica, las reorganizaron, trajeron intérpretes principalmente de Europa, les imprimieron su carácter y las llevaron a los puntos más altos por su calidad interpretativa y prestigio, formaron una audiencia respetuosa dentro de los conciertos, cada vez más conocedora, con mayor capacidad para disfrutar la música. Los siguieron otros excelentes directores. Contribuyeron en gran medida Otto de Greiff, Hernando Caro, Germán Borda y varios otros a través de los programas regulares radiales a conocer la historia, los instrumentos, los estilos, los “ismos”, la diversificación a través del siglo XX. Nuevas Radiodifusoras, Auditorios, carreras de música en otras universidades, mayor número de conciertos, etc., contribuyeron a que en la actualidad un individuo se pueda poner de diversas maneras en contacto con la música académica, a menos que expresamente no lo desee.

Ahora bien, ¿por qué me gusta ese tipo de música?. Como se pudo ver, en mi construcción como individuo, esta música ha sido un elemento necesario dentro del conjunto de elementos que han actuado y lo siguen haciendo en mi proceso formativo intelectual, emocional y social.

¿Por qué oír música académica? Una oportunidad adicional de enriquecimiento interior. Disfrutar los diferentes sonidos que generan los diferentes instrumentos. En una obra, disfrutar las “conversaciones” entre instrumentos y grupos de instrumentos. Disfrutar y admirar la capacidad creativa de los compositores, a partir de unas pocas notas. Disfrutar el tono emocional y los cambios a través de una obra. Compañera exquisita en muchos momentos de la vida cotidiana.

Así a muchas personas no les atraiga oír este tipo de música, recomendaría que a sus hijos, sobrinos, estudiantes, les brinden la oportunidad de oírla en radio, discos, computadora, USB, auditorios, les ayudará a perfeccionar los mecanismos de abstracción, a argumentar en forma más racional, a salir de la ignorancia maligna, a pensar y decidir por sí mismos, a no tragar entero.
Hay muchas más cosas, pero tres páginas y 1600 palabras son por ahora si no suficientes, sí excesivas.