Religión y política en Medellín (siglo XIX y XX)

Hemos seleccionado algunos artículos para brindar un contexto a la lectura de la novela “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince. Ellos fueron escritos por importantes historiadores colombianos de los últimos años y, además de presentar un panorama general de la religión y la política en Medellín entre el siglo XIX y el XX,  logran transmitir la complejidad de los problemas históricos de una manera amena y de fácil entendimiento.

Colombia: Siglo y medio de bipartidismo – Álvaro Tirado Mejía: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/colhoy/colo6.htm

Historia de Medellín – Jorge Orlando Melo: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/histcolom/medellin.htm

La vida religiosa en Medellín – Patricia Londoño http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/revistas/credencial/octubre1995/octubre1

Héctor Abad y la Constitución de 1991

Por: Carlos Gaviria Díaz, Viernes 25 de agosto de 2006. Teatro Universitario Camilo Torres Restrepo

Carlos Gaviria Díaz expuso en su conferencia las bondades de la reforma de la Constitución  de 1991, en lo que concierne a los Derechos Humanos y a los derechos fundamentales, los cuales coinciden con los principios que siempre defendió Héctor Abad Gómez. También aclaró cómo esta Constitución plasma un derecho que resulta incompatible con el estatus vigente y por eso los gobiernos se han negado a ponerla en práctica.

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Las ideas políticas en los años treintas. Corrientes, matices, influencias externas.

En: Jaramillo Uribe, Jaime. Ensayos de historia social. II Temas americanos y otros ensayos. Colombia. Tercer Mundo Editores, 1989. P.93-103

• Texto de una conferencia dictada en 1982 como parte de un ciclo sobre la década 1930-1940 organizado por la Universidad del Rosario. Deliberadamente se hizo más como memoria o testimonio personal que como trabajo de investigación en el sentido ordinario. Por esa circunstancia no lleva citas ni las referencias habituales de pie de página.

Es muy difícil resumir un tema como el de las corrientes de ideas en Colombia durante la década del treinta, entre otras razones porque la época es sumamente rica en expresiones Intelectuales, no solo políticas sino también económicas, jurídicas, literarias y hasta filosóficas. Surgen en esta coyuntura cambios significativos que van a dejar una huella muy honda en la evolución intelectual de Colombia en últimos decenios. Quisiera comenzar con una observación de carácter metódico y se refiere a la dificultad que tenemos de acogernos a la nomenclatura y a las clasificaciones políticas convencionales. Dividir las corrientes del pensamiento político, por ejemplo, en centristas, derechistas o de izquierda no resulta muy apropiado, porque cuando uno se enfrenta al tratamiento de los casos particulares, sea de un partido, o de una corriente de ideas, o del pensamiento particular de una personalidad, encuentra  muchas dificultades para acomodarlos en estas casillas. Si uno se pregunta si una personalidad como la de Alfonso López Pumarejo, que tuvo en esta década una notable participación y un liderazgo muy evidente, fue de izquierda, como puede pensarse, encuentra dificultades para dar una respuesta definitiva.

En primer lugar, tenemos que definir qué significa esa, denominación tan amplia, y por amplia, relativamente vaga, de izquierda. ¿Qué es la izquierda? ¿Dónde termina el centro? ¿Dónde comienza y dónde termina la derecha? Voy a tratar de establecer un criterio para determinar si una corriente de ideas, o el pensamiento particular de una persona, se pueden calificar de izquierda, de derecha o de centro. Propondría como criterio provisional y práctico referir la posición de los movimientos colectivos o del pensamiento individual a su actitud frente al socialismo. Si se inclinan a hacerle concesiones o a tomar posiciones de tipo socialista, podemos considerarlos de izquierda; si frente al punto de referencia, la corriente de ideas o la persona guardan una posición hostil, de negación o de polémica, podemos considerarlas de derecha. Ahora bien, entre ambos polos pueden existir diversas posiciones y matices: aquí podría localizarse el centro. Como es evidente, la aplicación de este criterio de clasificación entraña ciertas dificultades y debe tomarse con cierta elasticidad.

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La herencia del siglo XIX

Tomado de: Jaramillo Uribe, Jaime, comp. Manual de historia de Colombia. Tomo III. Capítulo XXVIII.   Páginas 17-22

EL PAÍS RECIBÍA EL SIGLO XX en medio de una guerra y ella, de muchas maneras, iría a pesar sobre el desenvolvimiento económico de los años siguientes. De la guerra se esperaba que fuese corta; uno más entre los innumerables conflictos de un siglo XIX tan acostumbrado a ellos que, para estimar la edad de alguien bastaba, según se decía, preguntarle cuál era la última guerra en la que había participado. Pero esta Guerra de los Mil Días fue no sólo la más larga, la de efectos más devastadores, sino también la última. En adelante, la burguesía iría a comprender que sus proyectos de progreso debían antecederse de la estabilidad política. Esta guerra, más que ninguna otra, había mostrado hasta qué punto la desarticulación del orden político ponía en peligro los intereses económicos: entre 80.000 y 100.000 muertos en combate o por las frecuentes epidemias que la guerra provocaba, era una cifra demasiado gravosa para una población que a comienzos del siglo apenas si llegaba a los cuatro millones de habitantes. Ello sin contar con la sustracción de brazos de la agricultura a cuenta de la leva para formar los ejércitos de “reclutas y voluntarios” organizados a la fuerza con los peones de las haciendas, lo que no dejaba de traducirse en una paralización de las labores agrícolas. Pero también sobre la agricultura recaían las “contribuciones forzosas y extraordinarias” con las que los ejércitos balanceaban sus finanzas, las confiscaciones de ganado y los asaltos propios de la actividad guerrillera (concentrado en las prósperas zonas cafeteras de Viotá, el Sumapaz y el Tequendama), a todo lo cual debía sumarse el desmembramiento y la paralización casi total del tráfico y las comunicaciones, tanto por las operaciones de guerra como porque los barcos y los escasos ferrocarriles solían ponerse al servicio del transporte de guerra:

“El país —escribía don Jorge Holguín un poco después del término de la guerra— quedó devastado; la miseria y la desolación reinaban en todas partes; como no había siembras, no se cosechaba nada; el comercio abatido; los negocios completamente paralizados, no faltaron casos de gentes que murieran de hambre, lo cual en un país tan rico como Colombia da la medida de los males terribles que causó esta guerra que duró más de tres años. La destrucción de la riqueza pública mientras duró este flagelo, se calculaba en 25 millones de pesos oro” (.1 Cit. por ALVARO TIRADO MEJÍA, en Aspectos sociales de las guerras civiles en Colombia, Instituto Colombiano de Cultura, Biblioteca Básica Colombiana, 24 serie, vol. 20, pág. 85.)

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