Las ideas políticas en los años treintas. Corrientes, matices, influencias externas.

En: Jaramillo Uribe, Jaime. Ensayos de historia social. II Temas americanos y otros ensayos. Colombia. Tercer Mundo Editores, 1989. P.93-103

• Texto de una conferencia dictada en 1982 como parte de un ciclo sobre la década 1930-1940 organizado por la Universidad del Rosario. Deliberadamente se hizo más como memoria o testimonio personal que como trabajo de investigación en el sentido ordinario. Por esa circunstancia no lleva citas ni las referencias habituales de pie de página.

Es muy difícil resumir un tema como el de las corrientes de ideas en Colombia durante la década del treinta, entre otras razones porque la época es sumamente rica en expresiones Intelectuales, no solo políticas sino también económicas, jurídicas, literarias y hasta filosóficas. Surgen en esta coyuntura cambios significativos que van a dejar una huella muy honda en la evolución intelectual de Colombia en últimos decenios. Quisiera comenzar con una observación de carácter metódico y se refiere a la dificultad que tenemos de acogernos a la nomenclatura y a las clasificaciones políticas convencionales. Dividir las corrientes del pensamiento político, por ejemplo, en centristas, derechistas o de izquierda no resulta muy apropiado, porque cuando uno se enfrenta al tratamiento de los casos particulares, sea de un partido, o de una corriente de ideas, o del pensamiento particular de una personalidad, encuentra  muchas dificultades para acomodarlos en estas casillas. Si uno se pregunta si una personalidad como la de Alfonso López Pumarejo, que tuvo en esta década una notable participación y un liderazgo muy evidente, fue de izquierda, como puede pensarse, encuentra dificultades para dar una respuesta definitiva.

En primer lugar, tenemos que definir qué significa esa, denominación tan amplia, y por amplia, relativamente vaga, de izquierda. ¿Qué es la izquierda? ¿Dónde termina el centro? ¿Dónde comienza y dónde termina la derecha? Voy a tratar de establecer un criterio para determinar si una corriente de ideas, o el pensamiento particular de una persona, se pueden calificar de izquierda, de derecha o de centro. Propondría como criterio provisional y práctico referir la posición de los movimientos colectivos o del pensamiento individual a su actitud frente al socialismo. Si se inclinan a hacerle concesiones o a tomar posiciones de tipo socialista, podemos considerarlos de izquierda; si frente al punto de referencia, la corriente de ideas o la persona guardan una posición hostil, de negación o de polémica, podemos considerarlas de derecha. Ahora bien, entre ambos polos pueden existir diversas posiciones y matices: aquí podría localizarse el centro. Como es evidente, la aplicación de este criterio de clasificación entraña ciertas dificultades y debe tomarse con cierta elasticidad.

Quiero hacer una observación de tipo general sobre la época, referente a la circunstancia internacional y nacional en que se enmarcan las diversas corrientes de ideas. 1930-1940 es un período sumamente importante y variado en la historia mundial y lo es también, como reflejo, en la nacional. Hay cuatro acontecimientos mundiales que son significativos para la política internacional y que por lo tanto tuvieron en Colombia una repercusión muy considerable. En primer, lugar, la crisis económica de 1930, la llamada gran depresión que algunos consideran como la crisis más profunda que ha tenido el sistema capitalista moderno. En segundo lugar la aparición de la República en España y los trágicos acontecimientos de la guerra civil de 1936. En tercer lugar, el advenimiento, ascenso e imposición del movimiento fascista de Benito Mussolini en Italia y del nacional-socialismo alemán Y en cuarto lugar, en cierto sentido como respuesta a este ascenso del movimiento fascista en Italia, España y Alemania, la aparición en Francia del Frente Popular, alianza de muy heterogéneas tendencias democráticas, que abarcó desde católicos hasta liberales, socialistas y comunistas. Desde el punto de vista nacional deseo destacar cuatro circunstancias: en primer lugar, la década y más exactamente la coyuntura de 1930 constituyen un momento de cambio político interno. Hace crisis la sucesión de 45 años de gobierno lo que en nuestra historia política suele denominarse la hegemonía conservadora. Comienza entonces, tras un Gobierno llamado de Concentración Nacional, del doctor Olaya Herrera, una sucesión de gobiernos liberales. En segundo lugar, es el período en que, podríamos decir, se produce el comienzo de lo que los economistas han llamado el “despegue” hacia la industrialización del país. Como consecuencia del mismo fenómeno, en tercer lugar, deberíamos mencionar un proceso interno y creciente de urbanización, un flujo permanente de población del campo hacia las ciudades. Finalmente mencionaría un fenómeno de carácter cultural y social que podríamos llamar el proceso de modernización. El país tenía que modernizarse desde el punto de vista de la legislación social, de la legislación política, de la educación, de la orientación de la cultura, etc. A esas motivaciones trató de responder en una forma positiva y muy lúcida Alfonso López Pumarejo. Es con referencia a dichas motivaciones y requerimientos cómo es posible situar la posición de las demás corrientes políticas, entre ellas las del pensamiento conservador y socialista. A esas motivaciones el gobierno de López respondió con un conjunto de reformas y unos planeamientos que son los que le imprimen un sello político progresista y modernizador. La primera de ellas fue la Reforma Constitucional de 1936, que respondía a la necesidad de modernizar el Estado y capacitarlo para hacerle frente a los nuevos problemas: el proceso de industrialización; la aparición de una nueva clase social, la clase obrera, y de un movimiento sindical con reivindicaciones y aspiraciones propias; la modernización de los servicios públicos; la actualización de los establecimientos educativos, adaptándolos a las nuevas circunstancias sociales y a las necesidades de un país que empezaba a dejar de ser exclusivamente rural y agrícola, para convertirse en industrial y urbano. La Reforma Constitucional transformó y cambió el papel del Estado. Le inyectó al Estado una capacidad de intervención que antes no tenía, aunque como lo hizo ver en su momento el exégeta de la reforma, Darío Echandía, hasta la Constitución del 86 consagraba ya un cierto grado de intervención estatal. Pero esa intervención era difícil de concretar y relativamente tímida. Io que es significativo en las reformas que impulsó López Pumarejo en 1936, es que precisó más la intervención del Estado En la economía no solo para orientar y controlar, sino también para invertir, es decir, para ser en cierto sentido Estado empresario. En segundo lugar, la Reforma Constitucional del 36 modificó el concepto tradicional de la propiedad. Estableció lo que se ha denominado su función social, otorgando al Estado la capacidad de actuar llegando a la expropiación con o sin indemnización de propiedades urbanas y rurales para asegurar lo que la misma Reforma Constitucional denominaba la marcha racional de la economía y el cumplimiento de sus fines sociales.

Otro aspecto de esa reforma, muy significativo, y que siempre habrá que tener en cuenta, fue el que señaló nuevas orientaciones a toda la estructura de la educación en Colombia, desde la escuela elemental hasta la universidad. 

El liberalismo y sus matices

Para comenzar esta distinción de matices y corrientes del lado liberal, diríamos que en el liberalismo hay un sector al que, para darle un nombre, podríamos llamar liberalismo clásico. Se trata del liberalismo todavía a la manera del siglo XIX, lo que no quiere decir que en años posteriores no se hayan presentado cambios en las actitudes e ideas y ciertas posiciones modernizadoras. Si tuviésemos que escoger algunas figuras representativas propondríamos nombres como el de Eduardo Santos, Luis Eduardo Nieto Caballero Luis López de Mesa. La mayoría de sus miembros figuró en forma conspicua en la llamada generación del centenario. Los orígenes intelectuales de su formación habría que buscarlos en pensadores franceses o ingleses del siglo XIX, como Mill y Spencer, Lerroy Beaulieu en el campo de la economía, Renan y quizá Anatole France, en el estilo literario y en ciertas formas del gusto y la sensibilidad.

La otra corriente que se presenta es la que algunos denominado de izquierda. Como lo he indicado, guardo ciertas reservas frente a esa clasificación, y a la tendencia en mención la llamaría más bien liberal modernizadora. Algunos la llamarían burguesa. Hasta podríamos denominarla Liberal pragmática. Es la corriente de ideas que ha estado representada y se ha identificado con el pensamiento y la obra de  Alfonso López Pumarejo, de 1934 a 1938. Siguiendo el criterio de identificar las ideas externas que influyeron en su orientación mencionaría la influencia del movimiento que se denominó New Deal o Nuevo Trato, del primer gobierno de Roosevelt, que implicó para los Estados Unidos mismos un cambio muy considerable de orientación política. Estados Unidos era el modelo del Estado cuya intervención en la economía y la vida social era relativamente limitada. Era, en cierto sentido, el modelo del Estado liberal clásico. El New Deal, siguiendo probablemente las ideas de Keynes, trajo consigo la intervención del Estado en la economía a través de grandes planes de obras públicas, para conjugar la crisis de 1930 y su fenómeno más dramático, el desempleo de millones de norteamericanos. Creo que ese movimiento de ideas fue seguido muy de cerca por los dirigentes colombianos y ejerció una influencia importante en las orientaciones del grupo liberal empeñado en la modernización del país.

Hubo otras corrientes de ideas que influyeron en sus orientaciones. Podría mencionarse el ascendiente del jurista francés León Duguit. Duguit fue en Francia, como lo saben los que han estudiado la evolución del derecho francés, el representante de una corriente de ideas que ha tenido grandes consecuencias innovadoras en el derecho moderno. Uno de sus rasgos característicos es lo que podríamos llamar la tendencia a disminuir la distancia entre el derecho privado y el derecho público, o dicho en otros términos, a introducir en el derecho civil la idea de función social. Duguit introdujo una concepción nueva del derecho y de la actividad del Estado que el mismo llamó el “solidarismo”. Para recordarla muy sumariamente, consistía en la afirmación de que el derecho surgía de la vida social y de las relaciones sociales. El fin del derecho, de cualquier derecho, sea privado o público, penal, vil o administrativo, radica en conservar la cohesión social y promover el bienestar de la comunidad. La tesis niega en cierto sentido la clásica concepción del derecho natural de la existencia de unos derechos de tipo metafísico que emanaban De la razón o provenían de la revelación divina o, como diría Platón, inscritos en las estrellas. Tal, por ejemplo, el derecho clásico de propiedad. A esta nueva filosofía jurídica habría que agregar la idea del servicio público, tan importante en el Estado moderno, que fue tomando cada vez mayor relieve en la jurisprudencia y en la legislación nacional de este período y que igualmente fue tomada de Duguit y del moderno derecho público francés.

Influían también en la orientación del grupo las ideas latinoamericanas y las que provenían del movimiento republicano español. El hecho trágico de la guerra civil española tuvo una enorme repercusión entre nosotros y una extensa influencia en la sensibilidad política de la juventud de entonces. En el sector más de izquierda mencionaría también la influencia de un escritor peruano de mucha significación en la década de los veintes y treintas, y que se prolongó hasta el cuarenta. Me refiero a José Carlos Mariátegui, sobre todo a su libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Mariátegui representaba la germinación en América Latina del pensamiento socialista europeo, en forma muy amplia pero no muy ortodoxamente marxista. El pensamiento de Mariátegui en realidad no llegó a configurarse muy consistentemente. Había en él influencias de Marx, pero también de pensadores liberales y socialistas de variados matices. Mariátegui introducía el socialismo en América con la intención de modificarlo, de integrarlo en lo que él interpretaba como tradición propia latinoamericana, o indoamericana, como diría más adelante uno de sus contemporáneos, Haya de la Torre, tradición que se remonta hasta el incario peruano y que tenía un contenido comunitario o socialista.

A todo esto se deberían agregar también otras influencias, como las ideológicas de la Revolución Mexicana. Sobre todo del desarrollo y orientación que México tomó durante el gobierno del general Lázaro Cárdenas. Ideas de este tipo tuvieron su eco entre nosotros en la revista Acción Liberal, que fundó en Tunja Plinio Mendoza Neira y que luego edito durante varios años en Bogotá. Cuando queramos recorrer y estudiar el movimiento de ideas y especialmente el de izquierda liberal, en este período, tenemos que consultar necesariamente la colección de Acción Liberal. A estas influencias debió este grupo su percepción de problemas sociales como el agrario y el sindical.

El pensamiento conservador y sus variantes

Si pasamos a la orientación del pensamiento conservador, encontramos lo que llamaríamos el grupo tradicionalista o civilista, liderado en este período por el doctor Laureano Gómez, pero que estaba representado todavía por un grupo de políticos de las décadas anteriores, que evocaban, algunos de ellos, la imagen del político conservador de fines del siglo pasado, personas que todavía representaban, a la altura de la década de los treinta, la política colombiana del siglo XIX, el país rural, el país patriarcal, el país gramático —que algunos han llamado humanista— , como lo era Colombia hasta muy entrada la presente centuria.

No podríamos decir que el doctor Laureano Gómez se identificaba totalmente con ese grupo, porque a través de su carrera hubo de sortear posiciones críticas y fuertes divergencias, probablemente más por razones de política práctica que por discrepancias ideológicas. Si fuéramos a caracterizar las orientaciones de este sector, podríamos hacerlo más por sus negaciones que por sus afirmaciones, es decir, por aquello a que se oponían. Se oponían en primer lugar, a las reformas que estaban realizando el doctor Alfonso López Pumarejo y el partido liberal como partido de gobierno. Se oponían, con tesis naturalmente muy comprensibles, a la Reforma Constitucional, a las nuevas atribuciones que se le daban al Estado; se oponían también a la reforma educativa y a la reforma social. Todas esas reformas eran identificadas por el grupo del doctor Gómez como socializantes y como incompatibles con la tradición constitucional, política y social de Colombia. Hasta instituciones y reformas que hoy nos parecen inocentes, como fue el ingreso de la mujer a la universidad y los colegios mixtos, fueron consideradas como revolución y como una subversión de la estructura social del país y del régimen de la familia.

No existe todavía un estudio analítico de la formación intelectual de Laureano Gómez. Como en la formación del pensamiento de toda gran personalidad y de todo movimiento político, las fuentes suelen ser muy variadas. En el caso de Laureano Gómez probablemente influyó mucho el pensamiento de Miguel Antonio Caro, su concepción ortodoxa de la doctrina conservadora, su antiliberalismo, su idea de la tradición católica como base del Estado y del derecho, sus dudas y desconfianzas sobre la democracia y el sufragio, etc. Quizá habría que agregar la influencia de algunos escritores franceses como el novelista Paul Bourget y la huella del pensador conservador español novecentista Donoso Cortés. Al final de su carrera fue proclive a la influencia del franquismo español y miró con simpatía las ideas corporativas que ponían en práctica Mussolini en Italia y Oliveira Salazar en Portugal y que en Colombia divulgaba el jesuita Félix Restrepo.

El partido conservador tuvo también, y siempre ha tenido, una corriente, a la que podríamos llamar liberalizante. Si fuéramos a escoger una personalidad que la representara, probablemente deberíamos pensar en el doctor Mariano Ospina Pérez. Finalmente, encontramos en el seno del partido conservador, aparecido a la altura de 1936, un grupo disidente de la tradición civilista, grupo que algunos han denominado la derecha conservadora. El movimiento derechista  tuvo un seminario en Bogotá que se llamó Derechas. Algunos miembros de este grupo hicieron el intento de formar un partido: se llamó el Nacionalismo. Lo fundaron y lo iniciaron en Manizales Gilberto Alzate Avendaño, Silvio Villegas y Fernando Londoño y Londoño. Ganó adherentes en otros lugares del país, en particular en Bogotá. Hizo incluso un intento electoral circunscrito a la región de Caldas, donde alcanzo a sacar en las elecciones de 1936 un representante a la Cámara, Silvio Villegas.

Su vida fue corta, pero alcanzó a tener una cierta repercusión y a proyectar algunos reflejos en la política nacional. Recibió este grupo influencias intelectuales españolas y francesas. Del lado francés, sobre todo dos escritores fueron muy leídos y citados por sus líderes: Charles Maurras y Mauricio Barres. Defensores ambos de la tradición monárquica y conservadora de Francia, prestaron a los nacionalistas colombianos sus frases, sus metáforas y sus imágenes; en una palabra su retórica. La influencia española estuvo representada por las ideas de la Falange y de su líder José Primo de Rivera, con su ambiguo “nacional sindicalismo”, su postura antidemocrática y antiliberal y sus invocaciones a la “voluntad imperial de la hispanidad”. A todo esto habría que agregar los reflejos que en estos movimientos tuvieron el fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán, al menos en cuanto a su estilo y talante, como diría el doctor Gómez Hurtado. La derrota de las potencias del eje Roma-Berlín en la segunda guerra mundial puso fin a los intentos de la derecha conservadora. Sus fundadores, como en el caso de algunos intentos socialistas del lado de la izquierda liberal, volvieron a las viejas toldas de los partidos tradicionales, dejando más huella en las páginas de la elocuencia literaria que en las realidades políticas de una nación cafetera, donde las tradiciones carecían de la vejez milenaria de las instituciones monárquicas francesas o de antecedentes de algo parecido a la vocación imperial de España.

Aunque no estuvo ligado directamente al partido conservador, habría que hacer aquí mención de los intentos hechos en la década para configurar un partido o una corriente de ideas socialcristianas o de tipo corporativista. De tal naturaleza fueron los esfuerzos realizados por el carismático monseñor Juan Manuel González Arbeláez, obispo de Manizales primero y luego arzobispo de Bogotá, con su Acción Social Católica, a quien se unió para poner el ingrediente corporativo el padre Félix Restrepo, de tan grato recuerdo para la filología y el humanismo. De este movimiento, por lo menos de la atmósfera creada por él, surgieron una central sindical, la UTC, y el grupo de los intelectuales católicos que se denominó Testimonio. En el caso de este último, en sus fuentes de inspiración se mezclaban algunas encíclicas papales, como la Rerum Novarum, y habría que agregar también la influencia del filósofo Jacques Maritain y, desde luego, como fuente lejana, a Santo Tomás. 

El socialismo y sus tendencias

La otra corriente de ideas que aparece en la época y que se configura con cierta consistencia, porque había surgido en las décadas anteriores, en la del veinte al treinta, es el socialismo. Desde sus orígenes el movimiento socialista muestra varias tendencias y matices. Hay por lo menos dos que deben considerarse: la una es la del partido comunista, afiliado a la Tercera Internacional de Moscú, que tuvo sus líderes más significativos en Ignacio Torres Giraldo, en algunos intelectuales como Luis Tejada, Luis Vidales y Ángel María Carrascal, además del que entonces llamaríamos el joven Vieira. Su orientación básica era marxista-leninista, aunque la línea señalada entonces por Stalin dentro de la política de frentes populares introdujo en sus filas cierta permeabilidad hacia corrientes de ideas socialistas, reformistas y aun liberales.

La otra tendencia, que nunca llegó ni ha llegado a cristalizarse en un partido, es lo que hoy llamaríamos socialismo democrático. En la década del treinta hacen varios intentos de aparecer como una fuerza política organizada, pero cuenta con poco éxito. El epicentro del movimiento socialista fue en esta década el Centro de Estudios Marxistas que fundaron y sostuvieron entonces Gerardo Molina, Antonio García, Luis Eduardo Arteta y algunos nombres más, entre los que recordamos a Enrique Pinzón Saavedra y Jorge Enrique Sánchez. Se trataba de un grupo de intelectuales y universitarios que luego se marginó de la política o entró a engrosar las filas liberales. Además del marxismo clásico, recibía este grupo la influencia del socialismo francés de la época del Frente Popular y, como en el caso de la izquierda liberal, de escritores del México de Cárdenas como Lombardo Toledano y Narciso Basols, que intentaban entonces crear un socialismo ad usum  latinoamericano. A lo cual habría que agregar también la del brillante escritor socialista argentino Anibal Ponce y, además, la de Mariátegui.

Al lado de los varios intentos socialistas, por la misma época surgió la Unión Izquierdista Revolucionaria, UNIR, fundada por Jorge Eliécer Gaitán en un esfuerzo por crear Un movimiento nacional de orientación socialista, independiente de la izquierda liberal y de cualquier vinculación internacional. En sus tesis, orientaciones y actitudes, la UNIR recibía muchas motivaciones o ideas del movimiento revolucionario mexicano, del aprismo peruano de Haya de la Torre, en fin, de las numerosas tendencias del socialismo europeo. Siguiendo un método que se identifica más con el género de las memorias que con el de la historiografía, puesto que lo que he dicho se basa más en los recuerdos personales que en una investigación con textos, citas y toda la parafernalia de la ciencia histórica, he tratado de hacer una síntesis muy apretada del panorama de las ideas políticas en la década de los treinta, Fue éste, en fin, un período tan rico en movimiento de ideas, que bien valdría la pena someterlo a un estudio sistemático y riguroso. Ahí tienen a su disposición los estudiantes de historia una rica cantera de investigación aún inexplotada.

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