“América mágica”, por Jorge Magasich y Jean-Marc Beer

INTRODUCCIÓN 

VENDRÁN LOS TARDOS AÑOS DEL MUNDO CIERTOS TIEMPOS EN LOS CUALES EL MAR OCÉANO AFLOJARA LOS ATAMIENTOS DE LAS COSAS Y SE ABRIRA UNA GRANDE TIERRA Y UN NUEVO MARINERO COMO AQUEL QUE FUE GUIA DE JASON QUE HUBO NOMBRE THYPHIS DESCUBRIRÁ NUEVO MUNDO Y ENTONCES NO SERÁ THULE [ISLANDIA] LA POSTRERA DE SUS TIERRAS.
LUCIUS ANNAEUS SENECA, Medea, siglo primero después de J. C.

Los grandes descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI produjeron un momento único en la historia, cuando los hombres creyeron alcanzar las tierras mitológicas. La memoria cultural europea había instalado sus mitos en el Lejano Oriente; los libros sagrados y otras tradiciones profanas confirmaban que el Paraíso Terrenal, la Fuente de la juventud, las hordas impuras de Gog y Magog, las minas del rey Salomón, el señorío de las Amazonas y el fabuloso palacio dorado de Cipangu, se hallaban en las extremidades orientales del continente asiático, territorios apenas conocidos y prácticamente inalcanzables para los habitantes del Viejo Mundo.

Durante siglos, las especias que sólo se encontraban en el Lejano Oriente recorrieron larguísimas rutas en las que cambiaban varias veces de manos, pasando de mercaderes orientales a árabes y de árabes a occidentales, hasta llegar a alguna ciudad cristiana. Desde la época helénica, esos productos llegaban a Europa con bastante regularidad. Transitaban por vía terrestre -la famosa ruta de la seda- o bien la vía esencialmente marítima, que consistía en hacer cabotaje desde el golfo de Bengala hasta el mar Rojo o el golfo Pérsico y desde allí, por caravanas terrestres, las especias alcanzaban el Mediterráneo. Esas relaciones comerciales se mantuvieron, con altos y bajos, desde los tiempos de Roma hasta fines de la Edad Media, pero a comienzos del siglo XIV la formidable expansión del imperio otomano altera la situación.

Después de apropiarse de Anatolia y de los Balcanes, los turcos liquidan el agonizante imperio bizantino con la conquista de Constantinopla en 1453. Las posesiones cristianas del Próximo Oriente no lograron sobrevivir a la avalancha turca; la última factoría genovesa en el Mar Negro cesa sus actividades en 1475. Cada vez con más fuerza, la potencia otomana se alza como una barrera entre los intercambios comerciales entre el Lejano Oriente y los reinos cristianos. Poco a poco, éstos comprendieron que estaban condenados a hallar nuevas rutas para llegar a las codiciadas especias.

Contrariamente a lo que ocurre en Europa Central, en la Península Ibérica la presencia musulmana llegaba a su fin. Portugal, que había terminado la reconquista de su territorio a mediados del siglo XIII; en 1415 cruza el estrecho de Gibraltar para ocupar Ceuta. España concluía su reconquista en enero de 1492, siete meses antes de la partida de Cristóbal Colón con destino a las Indias. En estas circunstancias se hace evidente que la nueva ruta hacia Oriente deberá pasar necesariamente por el inconmensurable mar exterior, denominado la Mar Océano.

El proyecto provoca importantes movimientos de población y también de capitales. Lisboa, Sagres y más tarde Sevilla se poblaron de cartógrafos y navegantes inmigrados, con frecuencia de origen genovés, convocados para servir a los reinos florecientes que requerían de sus conocimientos.

Cuando grandes cambios políticos obstaculizaron aún más las comunicaciones entre Oriente y Occidente, los comerciantes europeos debieron hacerse a la mar para alcanzar directamente las especias, pero para lograrlo era necesario desvelar los misterios que cubrían la faz desconocida del planeta, atravesar océanos inexplorados, visitar naciones tan lejanas como misteriosas y acceder a esas tierras hasta entonces inalcanzables, justamente donde el imaginario había situado mundos maravillosos.

El descubrimiento de América pareció abrir una senda hacia ellos y en Europa se vivió la ilusión de que los mitos se encontraban al alcance de la mano: varias fantasías situadas por la imaginación en el Oriente fueron transferidas al nuevo continente, donde, sobre un terreno fértil, recobraron vitalidad e incluso algunas de ellas experimentaron curiosas metamorfosis.

Los mitos han actuado constantemente sobre el comportamiento del ser humano, pero en tiempos de los descubrimientos fueron un verdadero móvil de la acción. Los intentos de descubrir los lugares míticos determinaron a menudo la acción de muchos conquistadores: se escribieron tratados, se trazaron mapas, se organizaron difíciles navegaciones y peligrosas expediciones terrestres, que consumieron caudalosas fortunas y no pocas veces sus protagonistas dejaron la vida en el intento.

¿Qué se entiende por mito? Los esfuerzos por definir esta palabra han vaciado innumerables tinteros y aún hoy continúan ocupando la inteligencia de los investigadores, sin que escuelas del pensamiento surgidas de la filosofía, antropología, sociología y psicología, hayan logrado proponer una definición que contente las tendencias en litigio, y, lo que es más importante, que nos digan exactamente lo que es un mito. Reconozcamos que es extremadamente difícil enunciar una definición precisa: nacidos antes de la historia como signos codificados de las percepciones de los pueblos, los mitos conservan el misterio de su origen. Determinar sus límites es quizá tan intrincado como definir las fronteras del mundo subconsciente.

Contentémonos con saber que se trata de sentimientos, aspiraciones, deseos colectivos y sueños de un pueblo; en síntesis productos de la imaginación colectiva propios a una civilización en una época determinada, tomando la forma de imágenes, leyendas, tradiciones, romances, y, con frecuencia, inscribiéndose en los libros sagrados. Nacidos en los albores de civilizaciones milenarias, atraviesan los siglos y los imperios para llegar hasta la época de los descubrimientos. La escuela freudiana establece una analogía entre el sueño y el mito: el primero se sitúa sobre un plano individual y corresponde a reminiscencias subconscientes de la vida psíquica infantil, mientras que el segundo expresa vestigios de la vida psíquica infantil de un pueblo, correspondientes de los “sueños seculares de la joven humanidad”1. Por su parte, para el pensador español Ortega y Gasset, los mitos actúan como hormonas sobre la psiquis, porque son fuerzas que incitan a la acción, desencadenan mecanismos de conducta, de pensamiento y de sensibilidad2.

Esto fue lo que ocurrió con los hombres que se lanzaron al asalto del Nuevo Mundo, llamados “descubridores” y “conquistadores”. En realidad, ambos términos designan a la misma categoría de individuos colocados en circunstancias diferentes; descubrimiento o conquista eran los resultados de expediciones que partían con la misma meta: Cortés y Pizarro fueron los conquistadores de México y Perú porque hallaron y capturaron ricos imperios, en cambio, se califica a Orellana de descubridor del río Amazonas, porque se transformó en el primer europeo en descenderlo hasta la desembocadura luego de una fracasada expedición en busca de un reino imaginario. Eran gentes de bajo estrato social: nobleza empobrecida, hidalgos o simplemente desheredados, todos movidos por la fiebre del oro y el deseo de ser valorizados por la sociedad, conquistando con la audacia y la espada el rango que la España les negaba. A menudo procedían de Extremadura o Andalucía, habían comenzado su carrera como marinos o soldados en los ejércitos españoles que luchaban contra los árabes, y se formaron en la escuela absurda de la limpieza de la sangre que rechazaba todo derecho a la diferencia a judíos y moros. Una vez concluida la Reconquista española se lanzaron al asalto del Nuevo Mundo donde algunos fueron recompensados con tierras y otros vagaban sin un destino cierto, pero a todos les carcomía la obsesión de hallar un reino fabulosamente rico que los elevaría a un rango social tal que serían envidiados por los poderosos de la época.

Aunque las expediciones en busca de estos reinos sólo cesaron con posterioridad a la independencia de las colonias españolas, medio siglo después del descubrimiento muchos “conquistadores” mudaban en colonizadores; en 1556 la Corona prohibió el uso de los términos conquista y conquistador, que fueron sustituidos por descubrimiento y pobladores3.

El descubrimiento de las minas de Zacatecas en México y Potosí en Bolivia, y la aparición de plantaciones de caña de azúcar en Cuba, Santo Domingo y Brasil, demostraron las potencialidades económicas del Nuevo Mundo: las riquezas así como los brazos necesarios para producirlas, se ofrecían a los colonos como un verdadero don de la naturaleza, sin que fuera necesario retribuir ni las materias primas ni el trabajo.

Los efectos sobre la población del Nuevo Mundo fueron desastrosos. Las epidemias, la destrucción de las referencias políticas, religiosas, sociales, el desmantelamiento del sistema productivo de los imperios Azteca, Inca y otros, que permitía alimentar correctamente al conjunto de sus sujetos, y los trabajos forzados, aniquilaron la población de América. Las estimaciones de la población del continente antes de la conquista son demasiado imprecisas; algunas hablan de 40 a 45 millones y otras llegan a 110 millones de habitantes. La región mejor estudiada es la de México central, que parece haber sido la más poblada del continente. La Escuela de California examinó minuciosamente documentos fiscales, administrativos y religiosos del siglo XVI. Apoyándose en esos estudios, Cook y Borah proponen la siguiente evolución de la población de México central: 1519 – 25,3 millones; 1523. 16,8 millones; 1568 – 2,6 millones; 1605 -1 millón. Las proporciones son similares en el resto del continente4.

Estas cifras son sin duda imprecisas pero sugieren una tendencia general y demuestran que la colonización de América en el siglo XVI, perpetrada por españoles, portugueses, franceses, ingleses, holandeses y algunos alemanes fue el etnocidio más importante que conoce la historia. Pese a los intelectuales que alzaron su voz en defensa de los habitantes del Nuevo Mundo, estos serán tratados como seres inferiores, sus creencias prohibidas, sus templos arrasados, sus escritos quemados. La tierra y sus habitantes serán atribuidas a los vencedores. La negación del otro y de su cultura, provocará la destrucción de un pilar de la civilización humana y será causa de la desaparición de nueve décimos de la población de un continente.

El camino de los conocimientos geográficos

La percepción de mares y continentes en que se sustentan los grandes descubrimientos es el resultado de una difícil acumulación de conocimientos que se inicia casi dos milenios antes de la primera circunnavegación del planeta.

Los griegos fueron los primeros en reunir las informaciones sobre la fisonomía de la Tierra que llegarán hasta nosotros. Su posición geográfica les permitía mantener contactos con pueblos orientales, norafricanos y europeos, de modo que a partir de tierras helenas, ilustres viajeros recorrieron el mundo para recopilar noticias: Heródoto necesitó nada menos que nueve libros para apuntar sus preciosas observaciones. Para él, la Tierra tenía forma de disco, y en su centro estaban los continentes rodeados por un océano periférico. Más tarde, Ctesias de Cnide, en el siglo IV antes de J. C., y Megástenes, en el siglo III antes de J.C., relataron lo que habían visto y sobre todo escuchado en la India; sus relaciones y las de otros viajeros estaban compuestas de realidades y leyendas: hablaron, entre otros, de ínsulas misteriosas, de seres prodigiosos, de animales extraordinarios y de pueblos de Amazonas. Estos escritos otorgaron oficialmente al Oriente el estatus de tierra de misterios.

Pero al mismo tiempo los antiguos hicieron descubrimientos científicos notables. En el siglo VI antes de J.C., Anaximandro, discípulo de Tales, postuló la esfericidad de la Tierra. Esta idea, aprobada por Platón y Aristóteles, pasó a ser generalmente aceptada en el mundo heleno. Eratóstenes intentó medir la circunferencia del globo terráqueo; Hiparco de Rodas, inventor de la trigonometría, lo subdividió en 360 grados, y Marino de Tiro, un navegante y teórico del primer siglo de nuestra era, estableció una nómina de 8.000 lugares que figuran en la geografía de Tolomeo. De los escritos de Marino de Tiro surgió la teoría según la cual el continente Euroasiático se extendía sobre 225° de los 360° de la circunferencia del globo terráqueo (en realidad ocupa 131°). Por lo tanto, el océano que separa las costas portuguesas de la China debía ser estrecho, una idea que mil quinientos años más tarde será el fundamento de los planes de Colón.

Bajo el imperio romano, más que hacer nuevos descubrimientos, se buscó sobre todo reunir los conocimientos geográficos de aquella época. Aparecen así obras enciclopédicas como las Geografías de Estrabón y sobre todo la Historia Natural de Plinio el Viejo. Igual que sus colegas griegos, presentaron una visión fabulosa de las tierras distantes de Roma, llamadas entonces India y Etiopía.

Los siglos siguientes fueron testigos del inexorable ocaso del imperio, extinguiéndose con él el espíritu racional. El tratado de Solino Colección de cosas memorables, escrito en el siglo III, prefigura una nueva forma de pensar: la obra de Plinio es reducida de tal manera que la mitología adquiere un lugar de honor, con enjambres de países maravillosos, monstruos y seres prodigiosos. Su influencia sobre la geografía fue tan decisiva como nefasta: en él se inspiraron San Agustín y otros Padres de la Iglesia.

En la nueva Europa, ahora cristiana, se accedía a la sabiduría intuyendo los designios divinos. La Biblia irrumpió en todas las disciplinas del saber, y sus preceptos eran considerados fuente y expresión máxima del conocimiento. La descripción del orbe y de los seres que lo pueblan debía hacerse en conformidad con los decires de las Escrituras sobre el cielo, la tierra, los mares y continentes. A partir de entonces, los escasos conocimientos geográficos acerca de Asia y África se organizaron en torno a las afirmaciones del Libro, de forma que, durante un milenio, los europeos creyeron vivir en un mundo coronado en su cúspide por el Paraíso Terrenal con sus cuatro ríos y mancillado por la presencia de las hordas del Anticristo.

La visión del planeta sufrió un cambio radical. Un ejemplo notable son las teorías de Cosmas Indicopleustes, un comerciante alejandrino que conoció la India, hacia 548 se convirtió al cristianismo y se hizo monje. En un monasterio en el monte Sinaí redactó al menos tres libros, de los que sólo subsiste Topografía Cristiana, donde se insurge contra la abominable herejía de la redondez de la Tierra y la existencia de regiones antípodas. La lectura atenta y detenida del Génesis, Éxodo, los Profetas y la Epístola a los Hebreos de San Pablo, le permitió determinar que la Tierra y el Firmamento tienen la forma del Tabernáculo5. Los Padres de la Iglesia refrendaron esta línea de pensamiento: San Agustín, San Basilio, San Ambrosio y San Bonifacio decretaron que la Tierra no era redonda.

Conforme con la tradición romana, los eruditos de la Edad Media buscaban reunir en una obra la suma de los conocimientos humanos, incluyendo el saber antiguo, pero ahora visto bajo los preceptos cristianos. Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, escritas entre 622 y 633, son la “Enciclopedia medieval” más notable; el santo resucitó la visión de Heródoto: la Tierra es circular como una rueda y está rodeada por un océano externo; existen tres continentes correspondientes a la descendencia de los tres hijos de Noé: Sem, Chamet, Jafet, y en la extremidad superior se encuentra el Paraíso Terrenal.

Descripción de imagen: San Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías, según el bestiario ASHMOLE (1511).

En la Francia del siglo XIII, Vicente de Beauvais realizó un trabajo del mismo tipo. Sus Miroirs o Imágenes del Mundo destacan maravillas reales o imaginarias, con fuentes cálidas, aguas amargas, truenos y tinieblas. Por los mismos años, el monje inglés Juan de Sacrobosco, que vivió en Oxford y París, redactó el Tratado de la Esfera utilizando algunas nociones de Tolomeo que había logrado conocer gracias a sus contactos con los árabes en España. Su libro servirá como manual a viajeros y pilotos durante varias centurias.

Mientras Beauvais y Sacrobosco preparaban sus obras, al otro lado del mundo se produjeron importantes cambios políticos: en el Extremo Oriente los mongoles, herederos de Gengis Khan, se apoderaron de toda Asia Central y fundaron la dinastía de los Yuan. Hasta su reemplazo cien años más tarde por la dinastía china de los Ming, lograron la unificación política de la mayor parte de Asia, garantizaron alguna seguridad en las rutas y abrieron su imperio al extranjero, incluyendo al Occidente. En la corte del Khan reinaba una cierta tolerancia religiosa: el soberano escuchaba disertaciones de teólogos musulmanes, budistas, cristianos orientales (nestorianos) y otros que intentaban, infructuosamente por supuesto, ganarlo a su fe. Los monarcas europeos, sobre todo Luis IX, rey de Francia kSan Luis), aspiraban ni más ni menos que a convertir al cristianismo al Gran Khan y a su pueblo, y por añadidura a establecer una alianza militar que encerraría a los musulmanes en una gigantesca tenaza.

Con esa ilusión, reyes y papas enviaron a la corte del Gran Khan sus embajadores, conocidos como los monjes viajeros: Juan de Pian Carpino (1245), Andrés de Longjumeau 1250), Guillermo de Rubrouk (1253) y Odorico de Pordenone (1330) atravesaron así montañas, estepas y desiertos. No lograron su objetivo, pero redactaron valiosas relaciones sobre los pueblos que vivían al otro lado del mundo. Lo mismo hicieron algunos comerciantes viajeros como Marco Polo (1298) y Niccolo dei Conti (1419). Todos hicieron fantásticas descripciones de “la India”, incluyendo la existencia de especies monstruosas, pájaros gigantes, islas de mujeres y palacios con tejas de oro.

Los libros

En la época en que unos monjes predicaban el Evangelio en la corte del Khan, el gusto por la lectura y las buenas bibliotecas ganaba terreno en la nobleza. Poco a poco se desarrollaba una curiosidad intelectual por conocer la naturaleza, la fisonomía de la Tierra R el pasado de los hombres. Ocupaban un lugar de honor las obras de recopilación que aspiraban a congregar la suma de los conocimientos humanos, pero se añadieron otro tipo de tratados; entre los años 1100 a 1200 se publicaron hermosos manuscritos sobre los minerales (Lapidarios), sobre las plantas (Herbarios) y sobre los animales (Bestiarios).

No obstante, el texto más traducido y difundido, inmediatamente después de la Biblia, fue el Romance de Alejandro, una pretendida historia de las hazañas de Alejandro de Macedonia, escrita en el siglo III de nuestra era, y muy deformada por las ficciones fantásticas generadas durante las seis centurias que separan la epopeya de Alejandro Magno de la escritura de este compendio. Aunque se trata de un escrito de calidad discutible, su éxito fue grandioso y duradero. Unos, los más, debían contentarse con escuchar aquellos relatos alrededor de las iglesias o en las plazas públicas; otros tenían el privilegio de leerlos en hermosos manuscritos, pero todos quedaban cautivados por las aventuras del gran conquistador.

Asia, llamada “India”, era un universo prácticamente desconocido e inalcanzable para los habitantes del Viejo Mundo. Era en estas lejanas comarcas donde los mundos maravillosos imaginados en Occidente encontraban su lugar. Alejandro Magno había sido paladín de una civilización europea considerada como modelo durante parte de la Edad Media y en el Renacimiento, y por añadidura era el único monarca occidental que, a la cabeza de sus ejércitos, se había internado en el Oriente misterioso. La imagen del rey conquistador constituía un nexo simbólico entre el mundo conocido y las tierras de ensueño. Quienes se deleitaban con sus viajes se impregnaban de extraños paisajes, conocían pueblos extravagantes y prodigios de la naturaleza. Y así creían, en suma, conocer mejor el mundo que habitamos.

También los fantásticos Viajes de Sir John de Mandeville se cuentan entre los libros más leídos de su época. Escritos en la segunda mitad del siglo XIV, en francés, inglés y latín, se conservan aún 250 manuscritos originales y 180 ediciones en 10 idiomas, incluido el gaélico, pese a las innumerables pérdidas y destrucciones. Sólo en el año 1530 se conocieron tres ediciones6.

El entusiasmo por leer narraciones de viajes suscitó la aparición de ficciones literarias sobre periplos fantásticos. Christiane de Pisan escribió en 1402 un largo poema titulado Le Chemin de longue estude, en el que la autora realiza un viaje imaginario a Constantinopla, Tierra Santa y el Cairo; luego emprende la travesía de los desiertos infestados de bestias feroces, hasta arribar a los dominios del Gran Khan, y de allí parte a Etiopía, la tierra del misterioso Preste Juan7.

Otro género que tuvo gran audiencia, especialmente en España, fue la literatura de caballería: combates y duelos alternan con descripciones maravillosas, monstruos, seres extraños e islas encantadas. Los relatos tenían un gusto a historia verdadera: algún manuscrito perdido, un héroe que ignoraba su origen noble y lograba restaurar sus prerrogativas gracias a su valentía y sus esfuerzos desmedidos. Se conoció uno de nombre Palmerín de Oliva, pero la serie de tres libros de caballería titulados Amadís de Gaula marcaron los gustos literarios de la época de los descubrimientos. Su origen se pierde en el siglo XVI. La primera edición conocida data de 1508, al parecer corregida por el Regidor García Rodríguez de Montalvo, autor del cuarto libro, llamado Las Sergas del muy virtuoso y esforzado caballero Esplandián, hijo de Amadis y de los siguientes. En éste se habla de una isla llamada California, situada cerca del Paraíso Terrenal, poblada de mujeres negras que vivían casi como las Amazonas. Pocos años después, Bernal Díaz del Castillo, cronista de la conquista de México, recuerda cómo el esplendor de la civilización Azteca le recordaba “cosas de encantamiento” descritas en Amadís8.

Descripción de imagen: Portada de una de las ediciones en español de los viajes de John de Mandeville. Se observa un esciápode, un acéfalo y un cinocéfalo.

A partir del siglo XIV se constituyen valiosas bibliotecas privadas que ilustran las ansias de conocer el mundo. Una de ellas era propiedad de Jean Duque de Berry, conocido por sus despilfarros de las arcas reales tanto en gastos de prestigio como en obras de mecenazgo. Su colección de libros estaba compuesta de más de trescientos volúmenes, entre ellos cuarenta recopilaciones históricas y numerosos libros científicos, tratados de astronomía y libros de aventuras, incluyendo la insustituible edición del Libro de Marco Polo que se encuentra en la Biblioteca Nacional Francesa9.

El Renacimiento

En el transcurso del siglo XV comienzan a formarse las naciones europeas modernas, y poco a poco el latín cede paso a las lenguas nacionales. De Italia, especialmente de Florencia, emana un raudal de ideas nuevas. Mientras navíos portugueses navegan por primera vez más allá del universo conocido por los romanos, se vive una verdadera pasión por el saber y se produce un inusitado florecimiento del arte, acompañado por la exaltación de lo clásico: se desentierran estatuas antiguas, al tiempo que se leen y traducen las obras grecoromanas. Los impulsores de esta verdadera revolución cultural son esencialmente humanistas; creen con ardor que no hay nada sobre la Tierra tan admirable como el hombre.

El reencuentro con la Geografía de Tolomeo constituye un evento para el humanismo. Sus aportes suelen ser sujeto de controversia en un círculo erudito florentino, que entre 1410 y 1440 reúne a los más prestigiosos humanistas de la ciudad: P. Strozzi (introductor en Europa de la Geografía de Tolomeo), Bruni, Vespucci (tío de Amerigo), Toscanelli (iniciador intelectual del proyecto de Colón), Niccoli y Piccolomini (futuro Papa Pío II)10 Todos ellos están bajo la influencia de tres fuentes de informaciones: la geografía bíblica del medievo, los escritos de los antiguos que han vuelto a la luz y los descubrimientos de los marinos que desplazan cada vez más lejos los límites del mundo conocido.

En ningún caso osan contradecir las Escrituras. Los organizadores de los descubrimientos adhieren sin duda a las tradiciones medievales, pero no se contentan con la afirmación del dogma. No les basta evocar el Paraíso Terrenal: es necesario saber en qué meridiano y paralelo se encuentra y qué forma especial tiene el orbe en ese lugar. El mismo principio se aplica a las islas legendarias: es preciso situarlas. Los descubridores del Renacimiento no se sienten satisfechos con creer; quieren verificar, explicar, probar. He ahí la gran diferencia con el espíritu dogmático del medievo.

Llegan tiempos en que sueños milenarios y viajes fabulosos parecen hacerse realidad. Los portugueses avanzan inexorablemente hacia la India mientras que en varios círculos científicos se acaricia la idea de alcanzarla navegando hacia el Poniente. Por una u otra vía, los navíos zarpan hacia el lugar más recóndito y escondido de la Tierra que habría de revelar sus riquezas y sus misterios.

En 1492, Colón cree desembarcar en la India rica y fabulosa; hacia 1504 Amerigo Vespucci anuncia que se trata de un cuarto continente desconocido hasta entonces y, en 1522, regresa a Sevilla la nave Victoria que navegando siempre hacia el Poniente retorna a su punto de partida: el círculo histórico y geográfico parece haber concluido para iniciar un nuevo período. La esencia del misterio, los mitos seculares, se trasladan ahora a América. En esas comarcas deben estar el Paraíso y la Fuente de la juventud, los acéfalos y los ejércitos de Amazonas. Pero sobre todo allí brota el oro a raudales, el mismo que el rey Salomón utilizó para construir el Templo. Todo parece estar al alcance de los peninsulares, basta embarcarse y navegar hasta el Nuevo Mundo.

Un nuevo ciclo se prepara. Los misterios se mezclarán con ruidos de guerra, máquinas monstruosas que partirán a devorar pueblos, selvas e incluso las entrañas del planeta. En los puertos de España se escuchan viejos juglares consolar a los desposeídos anunciando la pronta partida:

-¡Ánimo pues, caballeros,

Ánimo, pobres hidalgos,

Miserables, buenas nuevas,

Albricias, todo cuitado!

¡Que el que quiere partirse

A ver este nuevo pasmo

Diez navíos salen juntos

De Sevilla este año!…11

Inuentio Maris Magallanicl.

XV

Descripción de imagen: El descubrimiento del Estrecho de Magallanes. Junto a los dioses clásicos (Júpiter y Apolón) se puede apreciar a una ave Roc capaz de transportar un elefante, tal como la describen las Mil y una Noches, Marco Polo y Antonio Pigafetta (capítulo 7). En el mar se ven sirenas; en tierra un gigante patagón se introduce una flecha por su garganta para provocarse vómitos, de acuerdo con los relatos de Pigafetta (capítulo 8). En las costas se divisan las hogueras que dieron su nombre a la Tierra del Fuego. Dibujo de Stradamus (Jean Van der Straet). Grabado de Théodore de Bry 1594 (Bibliotèque Royale de Belgique).

1 ABRAHAM, 1969, 7.

2 CORTÁZAR Julio (entrevista a), Document n° 9 de l’Unitié de Didactique du Français, rtbf et ucl, 1984, 30.

3 ROMANO, 1972, 69.

4 SANCHEZ-ALBORNOZ, 1977, 61-63.

5 BOORSTIN, 1986, 108-109, y Découvreurs & Conquérents, N°16, 1980, 310-314.

6 DELUZ, 1988, 3.

7 HEERS, 1981, 379-380.

8 ROMANO, 1972, 37-39.

9 HEERS, 1981, 376.

10 LA ROMCIERE, MOLAT DU JARDÍN, 1984, 20.

11 CARPENTIER, 1971, 37-38.

Tomado de: Magasich, Jorge; Beer, Jean-Marc de. América mágica : mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del nuevo mundo. Santiago de Chile : LOM Ediciones, 2001., 201 p.

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