Inquietudes y comentarios del grupo de lectores sobre “El olvido que seremos” de Héctor Abad Faciolince

Sobre el libro debo decir que me resultó tremendamente fascinante y conmovedor, sobretodo porque también logra acercarnos y retratar una realidad que en nuestro país, tristemente, continúa aún cuando queremos estar lejos, o ciegos ante ella.  En medida personal, las anécdotas más impactantes fueron las que tenían que ver con cuestiones familiares, como la de su hermana Martha Cecilia. Quizá, retomando el tema del duelo, serían esos golpes de la muerte a su familia, y ¿Cómo él, actualmente la concibe. ¿Qué es a muerte para él? ¿Podría hablarse de una “buena muerte”? ¿Qué piensa él sobre la suya propia?

Me quedé con mucha curiosidad porque esta temática -la muerte- aparece repetida varias veces a lo largo del texto, y estando él rodeado por la historia y el contexto que tuvo, tanto a nivel personal como familiar, debe tener en su mente o corazón alguna idea, si se quiere un diálogo, interesante sobre la muerte. Sobre todo, ¿cómo la relaciona a ella con el contexto actual de nuestro país?

Actualmente ando buscando a ver si consigo el cuento de “piedras silenciosas” con el que ganó su primer concurso. Creo que a raíz de él vendrán muchas preguntas más, encaminadas al campo del oficio de escribir.

Juana Santos

Me parece fenomenal la oportunidad de poderle hacer llegar nuestros comentarios al  escritor sobre su obra maestra, ” El olvido que seremos”. En tal medida lo primero que quisiera anotar sobre la misma, es que es una obra para la que hay que tener una disposición ilimitada y la mente abierta, porque son muchas las verdades que se desconocen sobre la vida del escritor, del país, la época y la situación que se vivía en los momentos por los que pasa y se narra la vida del autor. Es una autobiografía dedicada a un padre que lo entregó todo, por su familia y por la sociedad en la que vivía. Considero por tanto, que el maestro Abad fue más que afortunado, al verse rodeado de tanta confianza, que llovió sobre todo él  hasta el último día de la vida de su padre.

Esto conlleva a que reafirme lo que siempre he pensado sobre los grandes escritores , sobre los maestros y sobre nosotros, estudiantes de licenciatura  en  Literatura; “tras todo el éxito alcanzado y los méritos obtenidos, hay siempre un gran maestro”, en el caso del maestro y escritor, Abad Faciolince fue su padre, el verdadero maestro, en mi caso hay muchos ; pero considero que esas cosas grandes, como bien lo afirma él , solo se deben a ellos , a su felicidad , su pasión por lo que hacen y su optimismo. Y para el escritor tengo preguntas como: ¿por qué no seguir el camino trazado por  su padre  y haber sido médico o profesor? ¿Cómo se construye su vida , y que lo lleva a plasmar tanta dicha y al mismo tiempo tantos momentos difíciles en esta obra ?

Luz Dary Roa

La obra en general se caracteriza por describir no solo situaciones sino también sus repercusiones (por ejemplo la importancia de una hermana y los cambios en la familia cuando esta fallece abruptamente), sin embargo, de manera sorprendente -para mí como lectora- no ocurrió lo mismo en el capítulo en que se hace referencia a la muerte del padre del autor; porque si bien, se describe la forma dolorosa de su asesinato no sentí que este episodio se hubiera desarrollado con la misma fuerza con la que fueron presentados los demás eventos ¿Quisiera saber porque el autor lo hizo así? y ¿Si esta manera de presentar el hecho es porque viene un segundo libro en donde esto sea abordado?

Martha Ortiz

Tengo inquietud de saber si el libro lo escribió en forma secuencial,  y si le costó trabajo escribir el capítulo 36, en donde critica a su papá. Por otra parte, si cree que una persona se puede formar intelectualmente leyendo, sin  pasar por la academia o sin seguir un modelo de lector en la familia.

Mery Sugey Soto

Me inquieta saber que opinó la mamá de él sobre el libro. Es normal que un hijo tenga identificación con su padre, si bien muestra la mamá como una mujer trabajadora, emprendedora y que lidera el rumbo de la familia, no percibí los lazos afectivos con ella. En el grupo se ha estado comentando si hubo apartes que nunca se publicaron, ¿cuáles fueron los momentos más difíciles de escribir? ¿Se trata de una obra para procesar un duelo, o  la pretensión fue hacerle un homenaje a su padre y que la gente se enterara de él?

María Isabel González

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Reseña de “El País de la Canela”. Por: Mery Sugey Soto

William-ospina

Reseña de “El País de la Canela”

El País de la Canela hace parte de una serie de tres libros que narran los viajes al Amazonas emprendidos por los conquistadores españoles en el siglo XV. Ursúa y La serpiente sin ojos,  publicadas en 2005  y 2013 respectivamente, complementan la serie de  relatos históricos escritos por William Ospina con este tema.

Se trata de un libro que nos habla de un “país de la imaginación”, “de un sueño”, “de un fantasma” que buscaron “con frío y dolor”, “con hambre y espanto”, los conquistadores que viajaron a una América desconocida, y cuya ambición y atrocidad son signo de su desesperanza.

El narrador, hijo de un conquistador que participó en las primeras expediciones a América, cuenta a su hijo, de un modo muy particular y poético, las dificultades de viajar a la América imaginada por la ambición de una España en decadencia. Trata de persuadirlo para que no se embarque en una expedición que, por experiencia, sabe que puede llegar a ser  la más desafortunada de su vida. Empieza por contarle en forma minuciosa de su llegada a territorio inca  buscando reclamar la herencia a la que su padre tenía derecho por haber tomado parte en la conquista del Perú, y cómo sin cumplir su objetivo, y por  una suerte inesperada (“la vida lo decidió así”), se convierte, junto con otras personalidades como Fray Gaspar de Carvajal, en tripulante del bergantín construido para encontrarEl país de la Canela. El narrador cuenta secretos e infidencias a las que tuvo acceso por ser parte del grupo de viajeros y estar cerca de los participantes de la expedición dirigida por Gonzalo de Orellana, conocedor de las lenguas indígenas, experto en las selvas americanas, y primo de los Pizarro. Revela acontecimientos desconocidos -como lo hace toda novela histórica- sobre la rivalidad entre los hermanos Pizarro, y nos presenta evidencia para demostrar que fue Orellana quien realmente se adueñó del protagonismo de  una empresa que parecía garantizada y posible, pero que poco a poco se descubre como una gran decepción: la existencia de una tierra roja que huele a canela es solo un mito que alimenta la ambición de los hermanos Pizarro  y mantiene con vida a los expedicionarios que sobreviven a las dificultades del viaje.

El protagonista, de quien no conoceremos su nombre, debe enfrentar dos fuerzas poderosas durante la travesía, fuerzas desbordadas que, por definición, hacen parte del ser americano: la selva y el río. Son ellos quienes se convierten en los personajes más relevantes de la crónica de Ospina. Con respecto a los que parecen ser los protagonistas en la superficie, contamos con algunos datos suministrados por el escritor. Parece que creó un protagonista narrador inspirado en  Cristóbal de Aguilar y Medina, según nota del editor. La figura del hijo a quien se narra  la historia es la de Pedro de Ursúa, protagonista del primer libro que compone la trilogía. Pero más allá de la verosimilitud de lo narrado y de la existencia real de los protagonistas, lo que se pone en dialogo en la narración es la llamada “inteligencia americana”, la superioridad de lo indígena frente a la torpeza y demencia de unos conquistadores que ni sabían lo que buscaban con ello. El escritor nos invita a revisar la historia de nuestro pasado indígena, así como la particularidad de lo americano, desde lo cual debemos pensarnos históricamente. Planteamientos de este tipo, frecuentes en la literatura hispanoamericana, encuentran en el trabajo de Ospina una  narración entretenida, bien documentada y de lectura ágil, que podremos comentar (disfrutar) durante este mes de lectura.

Reseña escrita por Mery Sugey Soto.

El país de la canela/William Ospina.

El país de la canela hace parte de una serie de tres libros que narran los viajes al Amazonas emprendidos por los conquistadores españoles en el siglo XV. Ursúa y  la serpiente sin ojos   publicadas en 2005  y 2013 respectivamente, complementan la serie de  relatos  históricos escritos por William Ospina con este tema.

 Se trata de  un libro que nos habla de un  “país de la imaginación”, “de un sueño”, “de un fantasma” que buscaron “con frío y dolor “, “con hambre y espanto” los conquistadores que viajaron a una América desconocida  y cuya ambición y atrocidad son signo  de su desesperanza.

El narrador, hijo de un conquistador que participó en las primeras expediciones a América cuenta a su hijo, de un modo muy particular y poético, las dificultades de viajar a la América imaginada por la ambición de una España en decadencia. Trata de persuadirlo para que no se embarque en una expedición que por experiencia sabe puede llegar a ser  la más desafortunada de su vida. Empieza por contarle en forma minuciosa de su  llegada  a territorio inca  buscando reclamar la herencia  a la que su padre tenía  derecho por haber tomado parte en  la conquista del Perú y cómo sin cumplir su objetivo, y por  una suerte inesperada , “la vida lo decidió así” , se convierte junto con otras personalidades como Fray Gaspar de Carvajal , en tripulante del bergantín construido para encontrar el país de la canela. Cuenta secretos e infidencias a las que tuvo acceso por ser parte del grupo de viajeros y estar cerca de los participantes de la expedición  dirigida por Gonzalo de Orellana, conocedor de las lenguas indígenas, experto en las selvas americanas, y primo de los Pizarro. Revela  acontecimientos desconocidos, como la hace toda novela histórica , sobre la rivalidad entre los Pizarro y nos presenta evidencia que demuestra que fue Orellana quien realmente se adueñó del protagonismo de  una empresa que parecía garantizada y posible, pero  que poco a poco se descubre   como una gran decepción : la existencia de una tierra roja que huele a canela es solo un mito  que alimenta la ambición de los hermanos Pizarro  y mantiene con vida a los expedicionarios que sobreviven a las dificultades del  viaje .

 El protagonista, de quien no conoceremos su nombre, debe enfrentar dos fuerzas poderosas durante el la travesía, fuerzas desbordadas que hacen parte del ser americano por definición: la selva y el río . Son ellos quienes se convierten en los personajes más relevantes de la crónica de Ospina.  Con respecto a los que parecen ser los protagonistas en la superficie puede contamos con algunos datos suministrados por el escritor. Parece que  creó un protagonista narrador  inspirado en  Cristóbal de Aguilar y Medina, según nota del editor. La figura del hijo a quien se narra  la historia  es la de Pedro de Ursúa, protagonista del primer libro que compone la trilogía. Pero más allá de la verosimilitud de lo narrado y de la existencia real de los protagonistas, lo que se pone en dialogo en la narración es la llamada inteligencia americana, la superioridad de lo indígena frente  a la torpeza y demencia de unos conquistadores que ni sabían lo que buscaban  con ello. El escritor nos invita a revisar la historia de nuestro pasado indígena, así como la particularidad de lo americano desde lo cual debemos pensarnos históricamente. Planteamientos de este tipo, frecuentes en la literatura de hispanoamerica, encuentran en el trabajo de Ospina una  narración entretenida, bien documentada  y de lectura ágil que podremos comentar (disfrutar)  durante este mes de lectura.

Reseña de Mery Sugey Soto.

Mi experiencia con la música

 

Ricardo Daza. Lector voluntario

Me han propuesto que diga algo sobre mi experiencia con la música. Soy  lo que llaman un melómano desde hace muchos años. De modo que trataré de contar algo sobre como llegué a amar la música, en particular la que se suele llamar clásica,  pero para la cual prefiero la denominación de académica que encuentro menos elitista.

Mi pasión por la música empezó con mi adolescencia. Entre los 12 y los 13 años descubrí que me gustaba mucho. Mi adolescencia empezó el mismo año en que los Beatles viajaron por primera vez a Estados Unidos y se hicieron mundialmente famosos. Eran muchachos de apenas 18 o 20 años. Una generación completa se identificó con ellos y no solo en el mundo anglosajón o en Europa sino en todo el planeta.  Los años siguientes, los de mi bachillerato pasarían bajo la influencia de los Beatles, entre otras. Me parece importante mencionarlo porque en esos años de la década del 60 se vivió un cambio cultural muy rápido e intenso. La evolución de la música de los Beatles entre 1962 y 1967 y con ellos la de toda la música de Rock, fue sorprendente y además impuso una pauta de altísima calidad.

En esos años la música solo era accesible a través de la radio y de discos de vinilo. La mayoría teníamos en casa, un aparato de música con “tocadiscos”. Esto era bastante generalizado pues sin ese artefacto no sería posible la pasión nacional por el baile. En todas las casas de mis condiscípulos y amigos había discos. Nunca una gran colección, pero frecuentemente  los mismos éxitos bailables, los mismos discos de rancheras, tangos, boleros, quizá bambucos; todo lo que habíamos heredado de los gustos de la generación anterior. En mi casa ocurría algo excepcional había unos 20 o 25 discos de música académica. Ahora que lo pienso en ninguna de las casas de mis amigos sucedía algo parecido. Mi experiencia inicial con ese tipo de música se limitó a lo que pudiera escuchar en la radio, a la pequeña discoteca de mi casa y  a las ocasionales invitaciones que me hacían los adultos de mi familia a conciertos. Recuerdo entre estos la inauguración de la sala de conciertos de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Mi madre trabajaba en la oficina de los arquitectos que la construyeron y por esa razón tuve acceso privilegiado a datos sobre la construcción y a la asistencia a la inauguración.

Cuando terminé el Bachillerato ya había desarrollado un serio interés por esa música, lo cual me parece más notable cuando pienso que nadie entre mis pares generacionales compartía ese interés. A mi madre y mis tías no les era ajena, la valoraban pero era una cuestión secundaria.

Algún día en el comienzo de esta historia llegó mi madre con algunos discos, de los que se usaban, de 33 rpm, que todavía existen pero son cada vez más raros El sistema estereofónico había sido inventado pocos años antes. El caso es que allí, en la discoteca de la casa de mi madre descubrí músicas que aún hoy me siguen dando un gran deleite y fueron mi puerta de entrada al universo de la música.

Una de las primeras obras que aprendí a disfrutar era “Las cuatro estaciones” de Antonio Vivaldi. ¡Qué sorpresa maravillosa cuando lo escuché la primera vez!  Aquella música sonaba como una danza o quizá un desfile de tiempos antiguos, majestuosa, alegre, brillante, tenía una fuerza excepcional. Me ocurrió lo mismo con “La Música del Agua”  de Jorge Federico Haendel. Ambas aproximadamente de la misma época. Creo que esas dos obras fueron mi entrada a ese reino maravilloso que he visitado constantemente por cerca de 50 años.  Estoy convencido de que, en ese momento, la vida me dio un privilegio, un don, un milagro que no merecía. Me gustaría que estas líneas lograran ayudar a otros a acercarse a ese mundo maravilloso.

Mis primeras relaciones con la música académica fueron con algunas piezas del período barroco, como lo entendería más adelante. En ellas encontraba fuerza, regularidad rítmica, bellas melodías, eran fáciles, no había que entender nada, eran simplemente una música muy bonita.

Enfatizo esto porque creo que la música, como todas las artes es ante todo un placer y creo igualmente que cuando se busca con el fin de convertirla en un símbolo de prestigio o con la pretensión de parecer inteligente y  culto se convierte en pura simulación. Lo que pasa con la música y las demás artes es que la capacidad de obtener placer se educa, se desarrolla y se amplía. Yo fui afortunado y me encontré con personas y circunstancias que me facilitaron ese camino. Puse de mi parte un sincero interés y una curiosidad insaciable y lo demás me lo fue dando la vida.

Cuando ingresé  a la universidad tuve contacto, por primera vez con gente que compartía conmigo ese y otros intereses. Ocurrió además una revolución tecnológica que tuvo un impacto enorme para los amantes de la música: la difusión masiva de los casetes para grabar y los equipos portátiles. Las cintas magnéticas existían mucho antes pero eran costosas y exigían equipos grandes y complicados. Las nuevas cintas y sus grabadoras permitían tener colecciones caseras de música, superaban las limitaciones de la circulación de los discos y los costos de su adquisición. Podía grabar fácilmente los programas de la radio o discos tomados en préstamo o inclusive hacer grabaciones en vivo. En ese momento solamente había dos emisoras con programación de música académica: la Radio Nacional y la HJCK. Esta última, además distribuía por suscripción un boletín con la programación de modo que uno podía prepararse  y tener todo listo si le interesaba la programación.

En la Universidad tuve acceso a las discotecas de amigos. Pedía prestados los discos y los trascribía a casetes en una grabadora portátil, todavía muy lejana de lo que serían más adelante los “Walkman” Estas primeras grabadoras tenían muy buena calidad   de sonido pero eran muy grandes para lo que vendría después.

Vuelvo a la discoteca de mi casa. Escuchar otros músicos como Beethoven hacía evidente que se trataba de algo muy diferente a Vivaldi. Era claro que sonaba distinto: otra sensibilidad, otros instrumentos. Ya no había el ritmo regular, ahora ocurrían cambios y había más complejidad, se sentía que la música era más emocional, más vehemente, como si deseara comunicar algo muy intenso. Estas diferencias suscitaban preguntas y me di a la tarea de leer al respecto a ver si aclaraba algo.

Uno de mis primeros descubrimientos fue que la música académica tenía una estructura. En un nivel mucho más simple la música popular también la tiene. Todos estamos familiarizados con el hecho de que las canciones tienen partes que se repiten. Estrofas en las cuales la misma música se canta con una letra que varía tres o cuatro veces a lo largo de la canción. En ocasiones aparece una segunda melodía que corresponde a un “estribillo”. En los tratados sobre música se suele designar con una letra cada una de estas partes para describir su estructura:  AAB AAB designaría una canción en la cual un tema musical A se repite dos veces cantando dos estrofas (misma música, distinta letra) y luego un estribillo B con música diferente cierra el conjunto. El Himno Nacional de Colombia se suele cantar de una manera que se representaría ABA correspondiendo la A al estribillo (Oh, gloria…) y la B a cada una de las estrofas, son muchas pero solemos cantar una sola.

Pues bien, con la música académica pasa algo parecido pero es un poco más complejo. Cuando se trata de música pura o sea sin letra escuchamos frases, líneas melódicas que se van desarrollando como si fuese el argumento de un libro. Las reconocemos por que suelen repetirse a lo largo de la composición. Al comienzo es difícil seguir ese argumento, pero poco a poco uno se va familiarizando con la pieza y la estructura se va haciendo más clara.

Aquí juega un papel muy importante la memoria. Pensemos que la música tiene la característica de que se despliega en el tiempo. Los sonidos se suceden unos a otros a lo largo de minutos y a veces de horas. El sonido va desapareciendo en el mismo momento que lo percibimos. Por lo tanto solo podemos darnos cuenta de que se repite porque conservamos en la memoria lo que escuchamos antes. Cuando conocemos una pieza y nos hemos familiarizado con ella, no solamente reconocemos lo que se repite sino que también anticipamos lo que viene. Esta es una experiencia muy sencilla que tenemos todos los seres humanos, pero no es habitual que tomemos conciencia de ella y reconozcamos que se trata de algo maravilloso y que, entre otras cosas nos permite haber hecho de la música una de las producciones más asombrosas del espíritu humano. Cuando descubrí esto, que como dije es muy elemental, sentí que había tenido una verdadera revelación. Vi con claridad que, en algún sentido, la idea de “entender la música” se refería a desarrollar la capacidad para seguir ese argumento que se desarrollaba en el tiempo, en los 10 o 20 minutos que duraba la pieza o una de sus partes y captar su argumento como si fuese una historia que estaba leyendo o escuchando.

Esa facultad debía ser educada, la única manera de hacerlo era escuchar mucha música, con atención, esforzarse una y otra vez en reconocer lo que ocurría en cada pieza. Los libros y comentarios sobre música, que son muy abundantes, eran una ayuda invaluable, a veces excesivamente técnica pero siempre útil. Debo reconocer que aún hoy después de muchos años de escuchar música y leer sobre ella, no soy capaz de entender muchos de los tecnicismos musicales que se emplean. No tengo formación musical y soy incapaz de leer una partitura. Pero eso no le ha restado nada a mi goce de la música.

Un ejemplo del entrenamiento para reconocer las partes de una obra es el siguiente: hay una forma musical que quizá sea el caso más sencillo. Se trata del “tema con variaciones”. Consiste en que se expone una melodía o, como también se suele denominar, un tema, o un motivo, o una “frase” musical y luego se repite con modificaciones o variaciones. Esta clase de composición fue frecuente en tiempos del Renacimiento (siglos 15 y 16) y se encuentra en la música hasta el siglo 19. En la España renacentista se llamaba “diferencias” a las variaciones. Beethoven tiene unas muy conocidas sobre un vals de Diabelli, un compositor de su época. En algunos casos se trata de obras independientes, en otros de una sección o movimiento dentro de una obra. El ejercicio de reconocer cual es el tema, donde comienza y termina y reconocer adicionalmente cada una de las sucesivas variaciones fue para mí un ejercicio muy útil para desarrollar la capacidad de audición atenta.

Mis años de Universidad trajeron consigo un gran enriquecimiento en materia de música y de muchas otras cosas. Estudié sociología. Eso me significó tomar cursos de historia. A diferencia de la historia del bachillerato basada en memorizar fechas, nombres de batallas y de personajes, en la universidad se me proponía una historia que  incluía procesos sociales, económicos, culturales y mostraba la relación entre todos ellos. La música podía ser vista como parte importante de esa historia y ponerla en relación con otros aspectos de la cultura permitía una mejor comprensión. Un ejemplo: todo el que se haya acercado algo a la música académica sabrá que Franz Schubert es un músico romántico, pero esto se entiende con mayor claridad si, mediante algunas lecturas uno se acerca al significado cultural y social del romanticismo, a sus expresiones en otras artes, a los movimientos políticos y sociales de la primera mitad del siglo 19. Por supuesto aclaro que tener información histórica y social sobre la música no sustituye la experiencia primaria de escucharla y gustarla, pero contribuye a ampliar la sensibilidad, estimula la curiosidad que nos impulsa a buscar más música.  En cierto modo, visto desde esta perspectiva el desarrollo histórico de la música es como leer una novela apasionante en la cual permanentemente estamos a la expectativa sobre qué seguirá después.

Existe también una rama especializada de la sociología que estudia la música. Asuntos tan particulares no suelen estudiarse en la Universidad. Nunca tuve un curso de Sociología de la Música. No obstante la formación en Sociología General es suficiente para permitirle al que tenga interés, abordar esta clase de temas especializados.  La antropología es una disciplina prima hermana de la sociología. Su interés se centra en el estudio de la cultura y como es apenas obvio por ese camino también se llega a la música.

Tuve por mucho tiempo el privilegio de conocer a personas que iban mucho más adelante que yo en la cercanía a la música, a la literatura o a la cultura en general. Le debo mucho a las conversaciones estimulantes que me señalaban caminos, me sugerían obras para escuchar, me exponían las razones de sus propias preferencias. Es un privilegio que he tenido a lo largo de toda mi vida pero que fue muy intenso en los años de universidad.

Concluyo resumiendo lo dicho hasta aquí sobre cómo desarrollé mi pasión por la música: escuchando mucha música con atención e interés; leyendo, un poco desordenadamente, toda clase de materiales desde los comentarios en la prensa de críticos musicales con motivo de conciertos, las carátulas de los discos, libros de introducción a la apreciación musical, historias de la música y de la cultura y el arte, tratados de sociología de la música y conversando sobre música con todo el que se prestara a ello.

Comparto mi voz, comparto mi lectura

Portrait Ludwig van Beethoven when composing t...

Portrait Ludwig van Beethoven when composing the Missa Solemnis (Photo credit: Wikipedia)

Comparto mi voz, comparto mi lectura, es un club que se conformó a partir del encuentro en la biblioteca pública. Participan personas con discapacidad visual y lectores voluntarios. A la lectura se llega a través de diferentes formatos: libros ilustrados, en tinta, obras científicas, archivos de audio, películas, fotografías,obras de arte, sitios web, entre otros. En fin todo aquello que se puede leer desde diferentes niveles de percepción y que permite el acceso al conocimiento a través de la literatura, el arte, la historia, la música, entre otros temas. Lo fundamental para este grupo es compartir la experiencia lectura, en donde se piensa en la relación con el entorno y se generen procesos de auto-reconocimiento.

Desde marzo de 2013, este grupo emprendió un acercamiento a la música académica. Ha sido la oportunidad para conocer el desarrollo de este arte, así como la obra de grandes compositores . El encuentro en mayo será para abordar la obra de Beethoven. Encontrarán en esta página referencias para conocer su creación

Mi experiencia con la música

Por Liborio Sanchez. Lector voluntario
Marzo 2013

Van ideas sueltas, mezclas de recuerdos, cronologías no muy exactas y vacios grandes, todo con una gran emoción.

La “Radiodifusora Nacional de Colombia”, fue fundada en 1940. En esa época las radiodifusoras y los equipos receptores eran bastante simples y limitados. Las emisoras comerciales solo ponían música “clásica” en Semana Santa y ésta consistía en valses de fines del siglo XIX y comienzos de XX. Los discos eran de “pasta”, de 78 revoluciones y los de música “clásica” tenían un diámetro mayor, los cuales venían en álbumes de pasta dura, para proteger los dos a seis discos que componían la obra. Una labor que nos correspondía a los hijos era la de dar la vuelta y cambiar los discos “sin rayarlos”. Con el advenimiento de la Radiodifusora Nacional, se tuvo un amplio acceso a la música académica; pienso que como un 80% de la oferta musical era de este tipo, el resto era de otros países y colombiana, en especial de la zona andina. El Jueves Santo en la tarde casi siempre pasaban “Parsifal” la ópera de R. Wagner, que duraba como cuatro o más horas. Los pequeños “detestábamos” esa ópera, tanto que siendo mayor, siempre he rehusado oírla, así esa historia del Santo Grial y la música sean interesantes o bellas. La Radiodifusora Nacional también transmitía obras de teatro y recuerdo varias del teatro clásico griego y posteriores, escribían, dirigían o actuaban Oswaldo Díaz D., Bernardo Romero L., Carmen de Lugo, Alicia de Carpio entre otros. Había programas de comentarios musicales, uno de los comentaristas era Andrés Pardo Tovar. Estas experiencias las tuve cuando estudiaba primaria y continuaron.

La Escuela Normal Superior, calle 13, carreras 16 y 17 (luego U. Pedagógica de Tunja y Bogotá), tenía como colegio adjunto al Instituto Nicolás Esguerra, donde estudié el bachillerato. La fortuna era poder disponer de la biblioteca, los laboratorios y los equipos de la Escuela Normal Superior, pero por sobretodo, muchos de los docentes nos dictaban clases y conferencias. Era la sede del Instituto Etnológico Nacional; nos enseñaron las nuevas interpretaciones de la historia, geografía, a interesarnos por la literatura, la música académica. Se podía escoger entre gimnasia y música. Mi selección fue música, gracias a la cual, por un error administrativo, perdí gimnasia de quinto de bachillerato y tuve que habilitarla, ¡pasé!

La Biblioteca Nacional tenía una sección “ Biblioteca circulante “; si el libro no era entregado a las dos semanas, había que pagar una multa como de 2 centavos diarios, lo cual para un estudiante corto de dinero, era bastante. Para llegar a la Biblioteca, se pasaba a media cuadra del Conservatorio Nacional, funcionaba en una casa grande de finales del siglo XIX o comienzos del XX, en la carrera 7 calles 24 y 25. Se podía entrar y curiosear las salas de estudio y ensayos. Después de dos años de aplicar a cabalidad mi “lucha de clases” con el solfeo y varios instrumentos, el profesor me dijo que realmente me gustaba la música y que su consejo era que me dedicara a oírla. Suena cómico, pero por fortuna seguí su consejo. En la casa cambiaron el radio de “dos bandas” por un Telefunken de “cuatro bandas”. Se podían oír emisoras de muchos lugares del mundo, incluidos Asia y Europa, la sintonía era mejor en la noche. Se podían seguir los campeonatos de béisbol de Cuba, Santo Domingo, Venezuela, disfrutar las orquestas de música popular Cubana. Los sábados en la noche por una Emisora Venezolana transmitían un programa didáctico de música. El profesor explicaba, acompañado con piano, la estructura de algunas formas musicales: sonata, sinfonía, fugas, contrapunto, el espíritu del allegro, lento, adagio, con brío, etc. El nueve de Abril le puso sombras a la terminación del bachillerato.

La Facultad de Medicina de la U. Nacional quedaba en la calle 10 carreras 13 y 15. El plan de estudios era muy intenso y los profesores tenían la fama – bien ganada – de ser excesivamente severos. Tuve que alejarme de las lecturas que no fueran de estudio por casi tres años. El campo de las artes plásticas se abrió. Había varias galerías de arte: una en la Avenida Jiménez carreras quinta y sexta, en el sótano de un edificio frente al Café Automático. Esa galería era del padre de quien unos quince años después vino a ser mi esposa. Otras galerías eran la de la Librería Central (el Callejón), la Librería Bucholz y la de la calle 24 de Casimiro Eiger. La Emisora “HJCK El mundo en Bogotá” comenzó a funcionar en 1950, en la calle 17 arriba de la carrera séptima, allá se iba por el Boletín de programas, publicación quincenal, si no me falla la memoria. Casi toda la programación era de música académica, la cual se convirtió en compañera permanente de las horas de estudio y trabajo en la casa. Con la HJCK inicié el conocimiento y gusto por el Jazz. El comentario previo a los programas e interpretaciones de toda la música que pasaban no solo me aportó conocimientos sino que me permitió desarrollar más el gusto por la música. Llegaron los discos “long play”, de vinilo, de 33 revoluciones y una amplia variedad de radios con tocadiscos “automáticos”. El almacén de discos más grande para música académica era “Discos Daro” frente al teatro Colombia (hoy Jorge E. Gaitán), En el Teatro Colón se presentaban espectáculos musicales, teatro, danza, poesía. La asistencia no siempre era grande, aunque a veces había que comprar las boletas con varios días de anticipación. La Sociedad de amigos de la música y la Sociedad musical Daniel, eran las dos empresas que traían grandes grupos musicales e intérpretes. En una ocasión, por casualidad, se encontraron el pianista Wilhelm Backhaus, el chelista Pierre Fournier y el violinista Joseph Zigeti, se pusieron de acuerdo con los empresarios y la Sinfónica de Colombia e interpretaron el triple concierto de Beethoven. Trajeron entre muchos otros, a la contralto Marian Anderson, a directores como Roberto Benzi cuando era muy joven, Leonard Bernstein, Aaron Copland, los coros de Robert Shaw, Claudio Arrau. De estudiante, mi ubicación era el “gallinero” o sea, balcón general. Se llegaba temprano a hacer fila, con libro para estudiar, luego de haber comido un sánduche en una “cigarrería” a pocos metros del teatro (hoy Hotel de la ópera ).

Hice el año rural obligatorio en un corregimiento al norte y oriente de Caldas. Una grata sorpresa fue que Manizales tenía una orquesta sinfónica. Otro recuerdo, los dos días de viaje a lomo de mula y bus, para llegar a Medellín a oír a J. Zigeti. Durante los años de estudio de la especialidad y primeros de ejercicio profesional, la oferta cultural se amplió. En el cine club de Colombia y luego en el cineclub médico (el cual funcionó en el Hospital de San Juan de Dios y luego en el auditorio de la Radio Sutatenza), uno de los temas para comentar, era la música en el cine. En la casa de una hija de Andrés Pardo Tovar, nos reuníamos los sábados en la noche amigos para oír música, comentarla, hacer tertulia, dirigidos por Andrés; allá conocí a quien hoy es mi esposa.

Construyeron los auditorios de la Biblioteca Luis Ángel Arango (1966) para música de cámara y el León de Greiff en la Universidad Nacional de Colombia (1973). Se creó la Orquesta filarmónica de Bogotá ( 1967). Los directores de orquesta primero Olav Roots con la Sinfónica de Colombia (funcionaba desde 1952) y luego Dimitri Manolov con la Filarmónica, las reorganizaron, trajeron intérpretes principalmente de Europa, les imprimieron su carácter y las llevaron a los puntos más altos por su calidad interpretativa y prestigio, formaron una audiencia respetuosa dentro de los conciertos, cada vez más conocedora, con mayor capacidad para disfrutar la música. Los siguieron otros excelentes directores. Contribuyeron en gran medida Otto de Greiff, Hernando Caro, Germán Borda y varios otros a través de los programas regulares radiales a conocer la historia, los instrumentos, los estilos, los “ismos”, la diversificación a través del siglo XX. Nuevas Radiodifusoras, Auditorios, carreras de música en otras universidades, mayor número de conciertos, etc., contribuyeron a que en la actualidad un individuo se pueda poner de diversas maneras en contacto con la música académica, a menos que expresamente no lo desee.

Ahora bien, ¿por qué me gusta ese tipo de música?. Como se pudo ver, en mi construcción como individuo, esta música ha sido un elemento necesario dentro del conjunto de elementos que han actuado y lo siguen haciendo en mi proceso formativo intelectual, emocional y social.

¿Por qué oír música académica? Una oportunidad adicional de enriquecimiento interior. Disfrutar los diferentes sonidos que generan los diferentes instrumentos. En una obra, disfrutar las “conversaciones” entre instrumentos y grupos de instrumentos. Disfrutar y admirar la capacidad creativa de los compositores, a partir de unas pocas notas. Disfrutar el tono emocional y los cambios a través de una obra. Compañera exquisita en muchos momentos de la vida cotidiana.

Así a muchas personas no les atraiga oír este tipo de música, recomendaría que a sus hijos, sobrinos, estudiantes, les brinden la oportunidad de oírla en radio, discos, computadora, USB, auditorios, les ayudará a perfeccionar los mecanismos de abstracción, a argumentar en forma más racional, a salir de la ignorancia maligna, a pensar y decidir por sí mismos, a no tragar entero.
Hay muchas más cosas, pero tres páginas y 1600 palabras son por ahora si no suficientes, sí excesivas.