Extracto de comentario sobre “Viaje a la luna” de George Méliès

“En 1902, el cine no existía aún en la forma en que hoy lo conocemos, pero tampoco era ya una flamante novedad. Los hermanos Lumière habían hecho la primera demostración pública de su invento el 28 de diciembre de 1895 en el parisiense Salon Indien del Gran Café de Volpini. No parecía aquello más que una curiosidad tecnológica de posibilidades económicas poco claras. Sin embargo, los asistentes a aquel primer estreno quedaron asombrados por el prodigio. Se trataba de algo totalmente nuevo, dinámico, profundamente visual e hipnótico. Entre el público se encontraba un entusiasmado George Méliès”.

Tomado del blog: Universo de ciencia ficción.

Si quiere leer el texto completo, haga click aquí: http://universodecienciaficcion.blogspot.com/2011/04/1902-viaje-la-luna-george-melies.html

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Prólogo de “La casa de las dos palmas”. Por: Otto Moralez Benítez

Siempre fue el centro para el diálogo. Este, lo acunaban sus habitantes. Los que allí vivían, los que llegaban. Se hablaba de las cosechas, del pastoreo, del prodigio y milagro de las bestias, del arte, de los libros. Del destino de los seres en el amor. De los olores que cruzan y doblegan las almas”.

Se abandonó esta casona, cuando murió Lucia, la suave adolescente, y perdió su brillo  resplandeciente y su primacía. Se le recordaba porque había un letrero que convidaba a la visita y proclamaba que, quienes allí habitan, tenían claro y dinámico sentido de la solidaridad. Un cartel proclamaba ésta:

“En esta casa nadie será forastero. Caminante: siempre habrá un sillón, una cama, un vaso para tu fatiga”.

Las palmas tenían viento propio, recalcaban. Aunque no venteara ni lloviera, aunque no soplara la brisa, se movían las dos palmas. A veces solamente se removían las hojas de una de ellas, mientras las de la otra permanecían inmóviles.

Porque se acerca un espíritu
Porque morirá una persona
Porque habrá un incendio
Porque llega la tempestad
Porque amenaza terremoto
Porque pasan los pumas de niebla
Porque ha vuelto la rueca de Félix Velásquez, en la oscuridad se les ve trastornar las últimas vueltas del farallón, camino del cielo.
El viento. El padre viento corredor y enredador, el que todo lo trae y todo lo lleva. El padre viento, el desolado.
Oigo potros en la noche
Algunas noches galopan
El difunto don Juan Herreros. O nadie, dona, son potros difuntos. Cuando en las tempestades hay siete relámpagos seguidos, se ven brillantes bajo el aguacero.
Enrique y la Guerra de los Mil Días

Este hijo de Efrén goza de los privilegios de la inteligencia y de la sensibilidad de los de esa casa de dones y designios extraños. Enrique es de mirada alejada de los ojos, pensamiento lejano, su vida al pie, ajena… algo enfermizo rondaba a Enrique, en la mirada, en sus manos ajenas a la crueldad… tenia aire de desolación.

Él, entabla una lucha para no parecerse a su padre. Era imposible lograrlo, pues le rondaba un fuerte impulso de aquél que le crecía como furor  de viento paramuno. Que le encendía el alma de heroísmo, el mismo de su papá, en sus durezas rurales y humanas. La vida se le asomó a través de las exigencias de la guerra. Participó en la de los Mil días. Y así fue entendiendo cómo era de difícil liberarse del mandato de la estirpe”.

Del prólogo de Otto Morales Benítez, en la edición publicada por la Biblioteca Pública Piloto de Medellín (2000)

Memorias del fuego II : Las caras y las máscaras, Por: Eduardo Galeano (1984)

 

Memorias del fuego II : Las caras y las máscaras

Eduardo Galeano 1984

 

1701

Tentación de América

En su gabinete de París , está dudando un sabio en geografías . Guillaume Deslile dibuja exactos mapas de la tierra y del cielo. ¿incluirá a El Dorado en el mapa de América? ¿Pintará el misterioso lago , como ya es costumbre, en el alto del Orinoco? Deslile se pregunta si existen en verdad las aguas de oro que Walter Raleigh descubrió grandes como el Mar Caspio. .¿Son o han sido de carne y hueso los príncipes que se sumergen y nadan , ondulantes peces de oro , a la luz de las antorchas?

El lago figura en todos los mapas hasta ahora dibujados. A veces se llama El Dorado; a veces Parima. Pero deslile conoce , de oídas o leídas , testimonios que lo hacen dudar. Buscando El Dorado muchos soldados de fortuna han penetrado el  lejano Nuevo Mundo , allá donde se cruzan los cuatro vientos y se mezclan todos los colores y dolores, y no han encontrado nada. Españoles, portugueses , ingleses , franceses y alemanes han atravesado abismos que los dioses americanos habían cavado con uñas  o dientes, han violado selvas recalentadas por el humo del tabaco soplado por los dioses, han navegado ríos nacidos de los árboles gigantes que los dioses habían arrancado de raíz , y han atormentado o  matado indios que los dioses habían creado con saliva, aliento o sueño. Pero al aire se ha ido y al aire se va , siempre, oro fugitivo , y se desvanece el lago antes que nadie llegue.El Dorado parece el nombre de una fosa sin ataúd ni sudario.

Hace dos siglos que creció el  mundo, y se hizo redondo , y desde entonces los perseguidores de alucinaciones se marchan , desde todos los muelles , hacia tierras de América . Al amparo de un Dios navegante y conquistador, atraviesan apretujándose en los navíos , la mar inmensa. Junto a pastores y labriegos que Europa no ha matado de guerra , peste o hambre, viajan capitanes , mercaderes y pícaros y místicos y aventureros. Todos buscan el milagro.Al otro lado de la mar , mágica mar que lava sangres y transfigura destinos , se ofrece , abierta, la gran promesa de todos los tiempos. Allá se vengarán los mendigos . Allá se harán marqueses los pelagatos , santos los malandrines y fundadores los condenados a la horca . Se harán doncellas , de alta dote, las vendedoras de amor.

 

 

Memorias del fuego I : Los nacimientos. Por: Eduardo Galeano

 Textos tomados de Memorias del fuego I : Los nacimientos. Eduardo Galeano . 1982

1533

El rescate

Para comprar la vida de Atahualpa , acuden la plata y el oro .  Hormiguean por los cuatro caminos del imperio las largas higueras de llamas y  las muchedumbres de espaldas cargadas . El más espléndido botín viene del Cuzco :un jardín entero, árboles y flores de oro macizo y pedrerías , en tamaño natural , y pájaros y animales de pura plata y turquesa y lapislázuli.

El horno recibe dioses y adornos y vomita barras de oro y de plata.

Jefes y soldados exigen a gritos el reparto. Hace seis años que no cobran.

De cada cinco lingotes , Francisco Pizarro separa uno para el rey. Luego se persigna . Pide el auxilio de Dios , que todo lo sabe , para guardar justicia ; y pide el auxilio de Hernando de Soto , que sabe leer para vigilar al escribano.

Adjudica una parte a la iglesia y otra al vicario del ejército. Recompensa largamente  a sus hermanos y a los demás capitanes Cada soldado raso recibe más de lo que el príncipe Felipe cobra en un año y Pizarro se convierte en el hombre más rico del mundo . El cazador de Atahualpa se otorga a sí mismo el doble de lo que en un año gasta la corte de Carlos V  con sus seiscientos criados – sin contar la litera del  Inca , ochenta y tres kilos de oro puro , que es su trofeo de general.

 1533

Atahualpa 

Un arco iris negro atravesó el cielo. El Inca Atahualpa  no quiso creer.En los días de la fiesta del sol , un cóndor se desplomo sin vida en la Plaza de la Alegría. Atahualpa no quiso creer. Enviaba al  muere a los mensajeros que traían malas noticias y de un hachazo cortó la cabeza de un viejo profeta que le anunció desgracia . Hizo quemar la casa del oráculo y los testigos de la profecía fueron pasados a cuchillo. Atahualpa mandó amarrar a los ochenta hijos de su hermano Huáscar en los postes del camino y los buitres se hartaron de esa carne . Las mujeres de Huáscar tiñeron de sangre las aguas del río Andamarca. Huáscar , prisionero de Atahualpa , comió mierda humana y meada de carnero y tuvo por mujer una piedra vestida. Después Huáscar dijo , y fue lo último que dijo,:”Ya lo matarán como el me mata .  Y Atahualpa no quiso creer.

Cuando su palacio se convirtió en su cárcel , no quiso creer. Atahualpa , prisionero de  Pizarro, dijo :Soy el más grande de los príncipes de la tierra.El rescate llenó de oro una habitación y de plata dos habitaciones. Los invasores fundieron hasta la cuna de oro donde Atahualpa había escuchado  la primera canción.

_ No me digas esas burlas.

Tampoco quiere creer, ahora, mientras paso a paso sube las escalinatas , arrastrando cadenas, en la luz lechosa de la madrugada.

Pronto la noticia se difundirá entre los incontables hijos de la tierra que deben obediencia   y tributo al hijo del sol.En Quito llorarán la muerte de la sombra que protege : perplejos, extraviados , negada la memoria , solos. 

En el Cuzco habrá júbilo y borracheras .

Atahualpa está atado de manos , pies y pescuezo , pero todavía piensa ¿Qué hice yo para  merecer la muerte ?

Al pie del patíbulo , se niega a creer que ha  sido derrotado por los hombres. Solamente los dioses podrían. Su padre, el sol, lo había traicionado. 

1542

Quito

El Dorado

Largo tiempo anduvieron los hombres de Gonzalo Pizarro , selva adentro, buscando al príncipe de piel y oro y a los bosques de canela. Encontraron serpientes y murciélagos , ejércitos de mosquitos pantanos y lluvia de nunca acabar . Los relámpagos alumbraron , noche tras noche , esa caravana de desnudos , pegados unos a otros por el pánico.

Esta tarde están llegando , llagas y huesos, a las afueras de Quito. Cada cual dice su nombre para ser reconocido . De los cuatro mil esclavos indios de la expedición , no ha regressado ni uno.

El capitán Gonzalo Pizarro se arrodilla y besa la tierra. Anoche él ha soñado con una dragón que se le echaba encima y lo hacía pedazos y le comía el corazón . Por eso no parpadea , ahora, cuando le dan noticia:

–                    Tu hermano Francisco ha sido asesinado en Lima.

 

1542

Conlapayara

Las Amazonas

No tenía mala cara la batalla ,hoy , día de San Juan. Desde los bergantines, los hombres de Francisco de Orellana estaban vaciando de enemigos, a ráfagas de arcabuz y ballesta , las blancas canoas venidas de la costa .

Pero pelo los dientes la bruja . Aparecieron las mujeres guerreras, tan bellas y feroces que  eran un escándalo , y entonces las canoas cubrieron el río y los navíos salieron disparados , río arriba,como puerco espines asustados, erizados de flecha de proa a popa y hasta en el palo mayor.

Las capitanas pelearon riendo y ya no hubo miedo en la aldea Conlapayara  . Pelearon riendo y danzando y cantando , las tetas vibrantes al aire , hasta que los españoles se perdieron más allá de la boca del río Tapajós exhaustos de tanto esfuerzo y asombro.

Habían oído hablar de estas mujeres y ahora creen. . Ellas viven al sur , en señoríos sin hombres , donde ahogan a los hijos que nacen varones . Cuando el cuerpo pide dan guerra a las tribus de la costa y les arrancan prisioneros. Los devuelven a la mañana siguiente. . Al cabo de una noche de amor el que ha llegado muchacho regresa viejo.

Orellana y sus soldados continuarán recorriendo el río más caudaloso del mundo y saldrán a la mar sin piloto , ni brújula, ni carta de navegación . Viajan en los dos bergantines que ellos han construido o inventado a golpe de hacha, en plena selva, haciendo clavos y bisagras con las herraduras de los caballos muertos y soplando el carbón de borceguíes convertidos en fuelles . Se dejan ir al garete por el río de las Amazonas , costeando selva sin energías para el remo, , y van musitando oraciones: ruegan a Dios que sean machos , por muchos que sean , los próximos enemigos.

“La utopía incaica”, por: Garcilaso de la Vega

Adoraban al sol. Iban a su casa. Sacrificaban un cordero

Prevenido lo necesario, el día siguiente, que era el de la fiesta, al amanecer, salía el Inca acompañado de toda su parentela, cual iba por su orden conforme a la edad y dignidad de cada uno a la plaza mayor de la ciudad que llaman Haucaypata. Allí esperaban a que saliese el sol, y estaban todos descalzos y con grande atención mirando al oriente, y en asomando el sol se ponían todos de cuclillas (que entre estos indios es tanto como ponerse de rodillas) para adorarle y con los brazos abiertos y las manos alzadas y puestas en derecho del rostro dando besos al aire (que es lo mismo que en España besar su propia mano, o la ropa del príncipe cuando le reverencian) le adoraban con grandísimo afecto y reconocimiento de tenerle por su dios y padre natural.

Los curacas, porque no eran de la sangre real, se ponían en otra plaza apegada a la principal que llaman Cusipata. Hacían al sol la misma adoración que los Incas. Luego el rey se ponía en pie, quedando los demás en cuclillas, y tomaba dos grandes vasos de oro que llaman aquilla, llenos del brebaje que ellos beben. Hacía esta ceremonia como primogénito en nombre de su padre el sol, y con el vaso de la mano derecha le convidaba a beber, que era lo que el sol había de hacer, convidando el Inca a todos sus parientes; porque esto del darse a beber unos a otros era la mayor y más ordinaria demostración que ellos tenían del beneplácito del superior para con el inferior, y de la amistad del un amigo con el otro.

Hecho el convite del beber, derramaba el vaso de la mano derecha, que era dedicado al sol, en un tinajón de oro, y del tinajón salía a un caño de muy hermosa cantería que desde la plaza mayor iba hasta la casa del sol, como que él se lo hubiese bebido. Y del vaso de la mano izquierda tomaba el Inca un trago, que era su parte, y luego se repartía lo demás por los demás Incas, dando a cada uno un poco en un vaso pequeño de oro o plata que para lo recibir tenía apercibido, y de poco en poco recebaban el vaso principal que el Inca había tenido, para que aquel licor primero, santificado por mano del sol, o del Inca, o de ambos a dos, comunicase su virtud al que le fuese echado. De esta bebida bebían todos los de la sangre real cada uno un trago. A los demás curacas que estaban en la otra plaza daban a beber del mismo brebaje que las mujeres del sol habían hecho, pero no de la santificada, que era solamente para los Incas.

Hecha esta ceremonia, que era como salva de lo que después se había de beber, iban todos por su orden a la casa del sol, y doscientos pasos antes de llegar a la puerta se descalzaban todos, salvo el rey, que no se descalzaba hasta la misma puerta templo. El Inca y los de su sangre entraban dentro como hijos naturales, y hacían su adoración a la imagen del sol. Los curacas, como indignos de tan alto lugar, porque no eran hijos, quedaban fuera en una gran plaza que hoy está ante la puerta del templo.

El Inca ofrecía de su propia mano los vasos de oro en que había hecho la ceremonia; los demás Incas daban sus vasos a los sacerdotes Incas que para servicio del sol estaban nombrados y dedicados, porque a los no sacerdotes, aunque de la misma sangre del sol (como a seglares), no les era permitido hacer oficio de sacerdotes. Los sacerdotes, habiendo ofrecido los vasos de los Incas, salían a la puerta a recibir los vasos de los curacas, los cuales llegaban por su antigüedad como habían sido reducidos al imperio y daban sus vasos y otras cosas de oro y plata que para presentar al sol habían traído de sus tierras, como ovejas, corderos, lagartijas, sapos, culebras, zorras, tigres y leones y mucha variedad de aves. En fin, de lo que más abundancia había en sus provincias, todo contrahecho al natural en plata y oro, aunque en pequeña cantidad cada cosa.

Acabada la ofrenda se volvían a sus plazas por su orden; luego venían los sacerdotes Incas con gran suma de corderos, ovejas machorras y carneros de todos colores, porque el ganado natural de aquella tierra es de todos colores como los caballos de España. Todo este ganado era del sol. Tomaban un cordero negro, que color fue entre estos indios antepuesto a los demás por de mayor.

Tomado de:  Garcilaso de la Vega, El Inca, 1539-1616. La utopía incaica: primera parte los comentarios reales. Edición prólogo y notas de Julio Ortega. Navarra: Salvat Editores, Alianza Editorial, 1972., 162 p.

 

“América mágica”, por Jorge Magasich y Jean-Marc Beer

INTRODUCCIÓN 

VENDRÁN LOS TARDOS AÑOS DEL MUNDO CIERTOS TIEMPOS EN LOS CUALES EL MAR OCÉANO AFLOJARA LOS ATAMIENTOS DE LAS COSAS Y SE ABRIRA UNA GRANDE TIERRA Y UN NUEVO MARINERO COMO AQUEL QUE FUE GUIA DE JASON QUE HUBO NOMBRE THYPHIS DESCUBRIRÁ NUEVO MUNDO Y ENTONCES NO SERÁ THULE [ISLANDIA] LA POSTRERA DE SUS TIERRAS.
LUCIUS ANNAEUS SENECA, Medea, siglo primero después de J. C.

Los grandes descubrimientos geográficos de los siglos XV y XVI produjeron un momento único en la historia, cuando los hombres creyeron alcanzar las tierras mitológicas. La memoria cultural europea había instalado sus mitos en el Lejano Oriente; los libros sagrados y otras tradiciones profanas confirmaban que el Paraíso Terrenal, la Fuente de la juventud, las hordas impuras de Gog y Magog, las minas del rey Salomón, el señorío de las Amazonas y el fabuloso palacio dorado de Cipangu, se hallaban en las extremidades orientales del continente asiático, territorios apenas conocidos y prácticamente inalcanzables para los habitantes del Viejo Mundo.

Durante siglos, las especias que sólo se encontraban en el Lejano Oriente recorrieron larguísimas rutas en las que cambiaban varias veces de manos, pasando de mercaderes orientales a árabes y de árabes a occidentales, hasta llegar a alguna ciudad cristiana. Desde la época helénica, esos productos llegaban a Europa con bastante regularidad. Transitaban por vía terrestre -la famosa ruta de la seda- o bien la vía esencialmente marítima, que consistía en hacer cabotaje desde el golfo de Bengala hasta el mar Rojo o el golfo Pérsico y desde allí, por caravanas terrestres, las especias alcanzaban el Mediterráneo. Esas relaciones comerciales se mantuvieron, con altos y bajos, desde los tiempos de Roma hasta fines de la Edad Media, pero a comienzos del siglo XIV la formidable expansión del imperio otomano altera la situación.

Después de apropiarse de Anatolia y de los Balcanes, los turcos liquidan el agonizante imperio bizantino con la conquista de Constantinopla en 1453. Las posesiones cristianas del Próximo Oriente no lograron sobrevivir a la avalancha turca; la última factoría genovesa en el Mar Negro cesa sus actividades en 1475. Cada vez con más fuerza, la potencia otomana se alza como una barrera entre los intercambios comerciales entre el Lejano Oriente y los reinos cristianos. Poco a poco, éstos comprendieron que estaban condenados a hallar nuevas rutas para llegar a las codiciadas especias.

Contrariamente a lo que ocurre en Europa Central, en la Península Ibérica la presencia musulmana llegaba a su fin. Portugal, que había terminado la reconquista de su territorio a mediados del siglo XIII; en 1415 cruza el estrecho de Gibraltar para ocupar Ceuta. España concluía su reconquista en enero de 1492, siete meses antes de la partida de Cristóbal Colón con destino a las Indias. En estas circunstancias se hace evidente que la nueva ruta hacia Oriente deberá pasar necesariamente por el inconmensurable mar exterior, denominado la Mar Océano.

El proyecto provoca importantes movimientos de población y también de capitales. Lisboa, Sagres y más tarde Sevilla se poblaron de cartógrafos y navegantes inmigrados, con frecuencia de origen genovés, convocados para servir a los reinos florecientes que requerían de sus conocimientos.

Cuando grandes cambios políticos obstaculizaron aún más las comunicaciones entre Oriente y Occidente, los comerciantes europeos debieron hacerse a la mar para alcanzar directamente las especias, pero para lograrlo era necesario desvelar los misterios que cubrían la faz desconocida del planeta, atravesar océanos inexplorados, visitar naciones tan lejanas como misteriosas y acceder a esas tierras hasta entonces inalcanzables, justamente donde el imaginario había situado mundos maravillosos.

El descubrimiento de América pareció abrir una senda hacia ellos y en Europa se vivió la ilusión de que los mitos se encontraban al alcance de la mano: varias fantasías situadas por la imaginación en el Oriente fueron transferidas al nuevo continente, donde, sobre un terreno fértil, recobraron vitalidad e incluso algunas de ellas experimentaron curiosas metamorfosis.

Los mitos han actuado constantemente sobre el comportamiento del ser humano, pero en tiempos de los descubrimientos fueron un verdadero móvil de la acción. Los intentos de descubrir los lugares míticos determinaron a menudo la acción de muchos conquistadores: se escribieron tratados, se trazaron mapas, se organizaron difíciles navegaciones y peligrosas expediciones terrestres, que consumieron caudalosas fortunas y no pocas veces sus protagonistas dejaron la vida en el intento.

¿Qué se entiende por mito? Los esfuerzos por definir esta palabra han vaciado innumerables tinteros y aún hoy continúan ocupando la inteligencia de los investigadores, sin que escuelas del pensamiento surgidas de la filosofía, antropología, sociología y psicología, hayan logrado proponer una definición que contente las tendencias en litigio, y, lo que es más importante, que nos digan exactamente lo que es un mito. Reconozcamos que es extremadamente difícil enunciar una definición precisa: nacidos antes de la historia como signos codificados de las percepciones de los pueblos, los mitos conservan el misterio de su origen. Determinar sus límites es quizá tan intrincado como definir las fronteras del mundo subconsciente.

Contentémonos con saber que se trata de sentimientos, aspiraciones, deseos colectivos y sueños de un pueblo; en síntesis productos de la imaginación colectiva propios a una civilización en una época determinada, tomando la forma de imágenes, leyendas, tradiciones, romances, y, con frecuencia, inscribiéndose en los libros sagrados. Nacidos en los albores de civilizaciones milenarias, atraviesan los siglos y los imperios para llegar hasta la época de los descubrimientos. La escuela freudiana establece una analogía entre el sueño y el mito: el primero se sitúa sobre un plano individual y corresponde a reminiscencias subconscientes de la vida psíquica infantil, mientras que el segundo expresa vestigios de la vida psíquica infantil de un pueblo, correspondientes de los “sueños seculares de la joven humanidad”1. Por su parte, para el pensador español Ortega y Gasset, los mitos actúan como hormonas sobre la psiquis, porque son fuerzas que incitan a la acción, desencadenan mecanismos de conducta, de pensamiento y de sensibilidad2.

Esto fue lo que ocurrió con los hombres que se lanzaron al asalto del Nuevo Mundo, llamados “descubridores” y “conquistadores”. En realidad, ambos términos designan a la misma categoría de individuos colocados en circunstancias diferentes; descubrimiento o conquista eran los resultados de expediciones que partían con la misma meta: Cortés y Pizarro fueron los conquistadores de México y Perú porque hallaron y capturaron ricos imperios, en cambio, se califica a Orellana de descubridor del río Amazonas, porque se transformó en el primer europeo en descenderlo hasta la desembocadura luego de una fracasada expedición en busca de un reino imaginario. Eran gentes de bajo estrato social: nobleza empobrecida, hidalgos o simplemente desheredados, todos movidos por la fiebre del oro y el deseo de ser valorizados por la sociedad, conquistando con la audacia y la espada el rango que la España les negaba. A menudo procedían de Extremadura o Andalucía, habían comenzado su carrera como marinos o soldados en los ejércitos españoles que luchaban contra los árabes, y se formaron en la escuela absurda de la limpieza de la sangre que rechazaba todo derecho a la diferencia a judíos y moros. Una vez concluida la Reconquista española se lanzaron al asalto del Nuevo Mundo donde algunos fueron recompensados con tierras y otros vagaban sin un destino cierto, pero a todos les carcomía la obsesión de hallar un reino fabulosamente rico que los elevaría a un rango social tal que serían envidiados por los poderosos de la época.

Aunque las expediciones en busca de estos reinos sólo cesaron con posterioridad a la independencia de las colonias españolas, medio siglo después del descubrimiento muchos “conquistadores” mudaban en colonizadores; en 1556 la Corona prohibió el uso de los términos conquista y conquistador, que fueron sustituidos por descubrimiento y pobladores3.

El descubrimiento de las minas de Zacatecas en México y Potosí en Bolivia, y la aparición de plantaciones de caña de azúcar en Cuba, Santo Domingo y Brasil, demostraron las potencialidades económicas del Nuevo Mundo: las riquezas así como los brazos necesarios para producirlas, se ofrecían a los colonos como un verdadero don de la naturaleza, sin que fuera necesario retribuir ni las materias primas ni el trabajo.

Los efectos sobre la población del Nuevo Mundo fueron desastrosos. Las epidemias, la destrucción de las referencias políticas, religiosas, sociales, el desmantelamiento del sistema productivo de los imperios Azteca, Inca y otros, que permitía alimentar correctamente al conjunto de sus sujetos, y los trabajos forzados, aniquilaron la población de América. Las estimaciones de la población del continente antes de la conquista son demasiado imprecisas; algunas hablan de 40 a 45 millones y otras llegan a 110 millones de habitantes. La región mejor estudiada es la de México central, que parece haber sido la más poblada del continente. La Escuela de California examinó minuciosamente documentos fiscales, administrativos y religiosos del siglo XVI. Apoyándose en esos estudios, Cook y Borah proponen la siguiente evolución de la población de México central: 1519 – 25,3 millones; 1523. 16,8 millones; 1568 – 2,6 millones; 1605 -1 millón. Las proporciones son similares en el resto del continente4.

Estas cifras son sin duda imprecisas pero sugieren una tendencia general y demuestran que la colonización de América en el siglo XVI, perpetrada por españoles, portugueses, franceses, ingleses, holandeses y algunos alemanes fue el etnocidio más importante que conoce la historia. Pese a los intelectuales que alzaron su voz en defensa de los habitantes del Nuevo Mundo, estos serán tratados como seres inferiores, sus creencias prohibidas, sus templos arrasados, sus escritos quemados. La tierra y sus habitantes serán atribuidas a los vencedores. La negación del otro y de su cultura, provocará la destrucción de un pilar de la civilización humana y será causa de la desaparición de nueve décimos de la población de un continente.

El camino de los conocimientos geográficos

La percepción de mares y continentes en que se sustentan los grandes descubrimientos es el resultado de una difícil acumulación de conocimientos que se inicia casi dos milenios antes de la primera circunnavegación del planeta.

Los griegos fueron los primeros en reunir las informaciones sobre la fisonomía de la Tierra que llegarán hasta nosotros. Su posición geográfica les permitía mantener contactos con pueblos orientales, norafricanos y europeos, de modo que a partir de tierras helenas, ilustres viajeros recorrieron el mundo para recopilar noticias: Heródoto necesitó nada menos que nueve libros para apuntar sus preciosas observaciones. Para él, la Tierra tenía forma de disco, y en su centro estaban los continentes rodeados por un océano periférico. Más tarde, Ctesias de Cnide, en el siglo IV antes de J. C., y Megástenes, en el siglo III antes de J.C., relataron lo que habían visto y sobre todo escuchado en la India; sus relaciones y las de otros viajeros estaban compuestas de realidades y leyendas: hablaron, entre otros, de ínsulas misteriosas, de seres prodigiosos, de animales extraordinarios y de pueblos de Amazonas. Estos escritos otorgaron oficialmente al Oriente el estatus de tierra de misterios.

Pero al mismo tiempo los antiguos hicieron descubrimientos científicos notables. En el siglo VI antes de J.C., Anaximandro, discípulo de Tales, postuló la esfericidad de la Tierra. Esta idea, aprobada por Platón y Aristóteles, pasó a ser generalmente aceptada en el mundo heleno. Eratóstenes intentó medir la circunferencia del globo terráqueo; Hiparco de Rodas, inventor de la trigonometría, lo subdividió en 360 grados, y Marino de Tiro, un navegante y teórico del primer siglo de nuestra era, estableció una nómina de 8.000 lugares que figuran en la geografía de Tolomeo. De los escritos de Marino de Tiro surgió la teoría según la cual el continente Euroasiático se extendía sobre 225° de los 360° de la circunferencia del globo terráqueo (en realidad ocupa 131°). Por lo tanto, el océano que separa las costas portuguesas de la China debía ser estrecho, una idea que mil quinientos años más tarde será el fundamento de los planes de Colón.

Bajo el imperio romano, más que hacer nuevos descubrimientos, se buscó sobre todo reunir los conocimientos geográficos de aquella época. Aparecen así obras enciclopédicas como las Geografías de Estrabón y sobre todo la Historia Natural de Plinio el Viejo. Igual que sus colegas griegos, presentaron una visión fabulosa de las tierras distantes de Roma, llamadas entonces India y Etiopía.

Los siglos siguientes fueron testigos del inexorable ocaso del imperio, extinguiéndose con él el espíritu racional. El tratado de Solino Colección de cosas memorables, escrito en el siglo III, prefigura una nueva forma de pensar: la obra de Plinio es reducida de tal manera que la mitología adquiere un lugar de honor, con enjambres de países maravillosos, monstruos y seres prodigiosos. Su influencia sobre la geografía fue tan decisiva como nefasta: en él se inspiraron San Agustín y otros Padres de la Iglesia.

En la nueva Europa, ahora cristiana, se accedía a la sabiduría intuyendo los designios divinos. La Biblia irrumpió en todas las disciplinas del saber, y sus preceptos eran considerados fuente y expresión máxima del conocimiento. La descripción del orbe y de los seres que lo pueblan debía hacerse en conformidad con los decires de las Escrituras sobre el cielo, la tierra, los mares y continentes. A partir de entonces, los escasos conocimientos geográficos acerca de Asia y África se organizaron en torno a las afirmaciones del Libro, de forma que, durante un milenio, los europeos creyeron vivir en un mundo coronado en su cúspide por el Paraíso Terrenal con sus cuatro ríos y mancillado por la presencia de las hordas del Anticristo.

La visión del planeta sufrió un cambio radical. Un ejemplo notable son las teorías de Cosmas Indicopleustes, un comerciante alejandrino que conoció la India, hacia 548 se convirtió al cristianismo y se hizo monje. En un monasterio en el monte Sinaí redactó al menos tres libros, de los que sólo subsiste Topografía Cristiana, donde se insurge contra la abominable herejía de la redondez de la Tierra y la existencia de regiones antípodas. La lectura atenta y detenida del Génesis, Éxodo, los Profetas y la Epístola a los Hebreos de San Pablo, le permitió determinar que la Tierra y el Firmamento tienen la forma del Tabernáculo5. Los Padres de la Iglesia refrendaron esta línea de pensamiento: San Agustín, San Basilio, San Ambrosio y San Bonifacio decretaron que la Tierra no era redonda.

Conforme con la tradición romana, los eruditos de la Edad Media buscaban reunir en una obra la suma de los conocimientos humanos, incluyendo el saber antiguo, pero ahora visto bajo los preceptos cristianos. Las Etimologías de San Isidoro de Sevilla, escritas entre 622 y 633, son la “Enciclopedia medieval” más notable; el santo resucitó la visión de Heródoto: la Tierra es circular como una rueda y está rodeada por un océano externo; existen tres continentes correspondientes a la descendencia de los tres hijos de Noé: Sem, Chamet, Jafet, y en la extremidad superior se encuentra el Paraíso Terrenal.

Descripción de imagen: San Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías, según el bestiario ASHMOLE (1511).

En la Francia del siglo XIII, Vicente de Beauvais realizó un trabajo del mismo tipo. Sus Miroirs o Imágenes del Mundo destacan maravillas reales o imaginarias, con fuentes cálidas, aguas amargas, truenos y tinieblas. Por los mismos años, el monje inglés Juan de Sacrobosco, que vivió en Oxford y París, redactó el Tratado de la Esfera utilizando algunas nociones de Tolomeo que había logrado conocer gracias a sus contactos con los árabes en España. Su libro servirá como manual a viajeros y pilotos durante varias centurias.

Mientras Beauvais y Sacrobosco preparaban sus obras, al otro lado del mundo se produjeron importantes cambios políticos: en el Extremo Oriente los mongoles, herederos de Gengis Khan, se apoderaron de toda Asia Central y fundaron la dinastía de los Yuan. Hasta su reemplazo cien años más tarde por la dinastía china de los Ming, lograron la unificación política de la mayor parte de Asia, garantizaron alguna seguridad en las rutas y abrieron su imperio al extranjero, incluyendo al Occidente. En la corte del Khan reinaba una cierta tolerancia religiosa: el soberano escuchaba disertaciones de teólogos musulmanes, budistas, cristianos orientales (nestorianos) y otros que intentaban, infructuosamente por supuesto, ganarlo a su fe. Los monarcas europeos, sobre todo Luis IX, rey de Francia kSan Luis), aspiraban ni más ni menos que a convertir al cristianismo al Gran Khan y a su pueblo, y por añadidura a establecer una alianza militar que encerraría a los musulmanes en una gigantesca tenaza.

Con esa ilusión, reyes y papas enviaron a la corte del Gran Khan sus embajadores, conocidos como los monjes viajeros: Juan de Pian Carpino (1245), Andrés de Longjumeau 1250), Guillermo de Rubrouk (1253) y Odorico de Pordenone (1330) atravesaron así montañas, estepas y desiertos. No lograron su objetivo, pero redactaron valiosas relaciones sobre los pueblos que vivían al otro lado del mundo. Lo mismo hicieron algunos comerciantes viajeros como Marco Polo (1298) y Niccolo dei Conti (1419). Todos hicieron fantásticas descripciones de “la India”, incluyendo la existencia de especies monstruosas, pájaros gigantes, islas de mujeres y palacios con tejas de oro.

Los libros

En la época en que unos monjes predicaban el Evangelio en la corte del Khan, el gusto por la lectura y las buenas bibliotecas ganaba terreno en la nobleza. Poco a poco se desarrollaba una curiosidad intelectual por conocer la naturaleza, la fisonomía de la Tierra R el pasado de los hombres. Ocupaban un lugar de honor las obras de recopilación que aspiraban a congregar la suma de los conocimientos humanos, pero se añadieron otro tipo de tratados; entre los años 1100 a 1200 se publicaron hermosos manuscritos sobre los minerales (Lapidarios), sobre las plantas (Herbarios) y sobre los animales (Bestiarios).

No obstante, el texto más traducido y difundido, inmediatamente después de la Biblia, fue el Romance de Alejandro, una pretendida historia de las hazañas de Alejandro de Macedonia, escrita en el siglo III de nuestra era, y muy deformada por las ficciones fantásticas generadas durante las seis centurias que separan la epopeya de Alejandro Magno de la escritura de este compendio. Aunque se trata de un escrito de calidad discutible, su éxito fue grandioso y duradero. Unos, los más, debían contentarse con escuchar aquellos relatos alrededor de las iglesias o en las plazas públicas; otros tenían el privilegio de leerlos en hermosos manuscritos, pero todos quedaban cautivados por las aventuras del gran conquistador.

Asia, llamada “India”, era un universo prácticamente desconocido e inalcanzable para los habitantes del Viejo Mundo. Era en estas lejanas comarcas donde los mundos maravillosos imaginados en Occidente encontraban su lugar. Alejandro Magno había sido paladín de una civilización europea considerada como modelo durante parte de la Edad Media y en el Renacimiento, y por añadidura era el único monarca occidental que, a la cabeza de sus ejércitos, se había internado en el Oriente misterioso. La imagen del rey conquistador constituía un nexo simbólico entre el mundo conocido y las tierras de ensueño. Quienes se deleitaban con sus viajes se impregnaban de extraños paisajes, conocían pueblos extravagantes y prodigios de la naturaleza. Y así creían, en suma, conocer mejor el mundo que habitamos.

También los fantásticos Viajes de Sir John de Mandeville se cuentan entre los libros más leídos de su época. Escritos en la segunda mitad del siglo XIV, en francés, inglés y latín, se conservan aún 250 manuscritos originales y 180 ediciones en 10 idiomas, incluido el gaélico, pese a las innumerables pérdidas y destrucciones. Sólo en el año 1530 se conocieron tres ediciones6.

El entusiasmo por leer narraciones de viajes suscitó la aparición de ficciones literarias sobre periplos fantásticos. Christiane de Pisan escribió en 1402 un largo poema titulado Le Chemin de longue estude, en el que la autora realiza un viaje imaginario a Constantinopla, Tierra Santa y el Cairo; luego emprende la travesía de los desiertos infestados de bestias feroces, hasta arribar a los dominios del Gran Khan, y de allí parte a Etiopía, la tierra del misterioso Preste Juan7.

Otro género que tuvo gran audiencia, especialmente en España, fue la literatura de caballería: combates y duelos alternan con descripciones maravillosas, monstruos, seres extraños e islas encantadas. Los relatos tenían un gusto a historia verdadera: algún manuscrito perdido, un héroe que ignoraba su origen noble y lograba restaurar sus prerrogativas gracias a su valentía y sus esfuerzos desmedidos. Se conoció uno de nombre Palmerín de Oliva, pero la serie de tres libros de caballería titulados Amadís de Gaula marcaron los gustos literarios de la época de los descubrimientos. Su origen se pierde en el siglo XVI. La primera edición conocida data de 1508, al parecer corregida por el Regidor García Rodríguez de Montalvo, autor del cuarto libro, llamado Las Sergas del muy virtuoso y esforzado caballero Esplandián, hijo de Amadis y de los siguientes. En éste se habla de una isla llamada California, situada cerca del Paraíso Terrenal, poblada de mujeres negras que vivían casi como las Amazonas. Pocos años después, Bernal Díaz del Castillo, cronista de la conquista de México, recuerda cómo el esplendor de la civilización Azteca le recordaba “cosas de encantamiento” descritas en Amadís8.

Descripción de imagen: Portada de una de las ediciones en español de los viajes de John de Mandeville. Se observa un esciápode, un acéfalo y un cinocéfalo.

A partir del siglo XIV se constituyen valiosas bibliotecas privadas que ilustran las ansias de conocer el mundo. Una de ellas era propiedad de Jean Duque de Berry, conocido por sus despilfarros de las arcas reales tanto en gastos de prestigio como en obras de mecenazgo. Su colección de libros estaba compuesta de más de trescientos volúmenes, entre ellos cuarenta recopilaciones históricas y numerosos libros científicos, tratados de astronomía y libros de aventuras, incluyendo la insustituible edición del Libro de Marco Polo que se encuentra en la Biblioteca Nacional Francesa9.

El Renacimiento

En el transcurso del siglo XV comienzan a formarse las naciones europeas modernas, y poco a poco el latín cede paso a las lenguas nacionales. De Italia, especialmente de Florencia, emana un raudal de ideas nuevas. Mientras navíos portugueses navegan por primera vez más allá del universo conocido por los romanos, se vive una verdadera pasión por el saber y se produce un inusitado florecimiento del arte, acompañado por la exaltación de lo clásico: se desentierran estatuas antiguas, al tiempo que se leen y traducen las obras grecoromanas. Los impulsores de esta verdadera revolución cultural son esencialmente humanistas; creen con ardor que no hay nada sobre la Tierra tan admirable como el hombre.

El reencuentro con la Geografía de Tolomeo constituye un evento para el humanismo. Sus aportes suelen ser sujeto de controversia en un círculo erudito florentino, que entre 1410 y 1440 reúne a los más prestigiosos humanistas de la ciudad: P. Strozzi (introductor en Europa de la Geografía de Tolomeo), Bruni, Vespucci (tío de Amerigo), Toscanelli (iniciador intelectual del proyecto de Colón), Niccoli y Piccolomini (futuro Papa Pío II)10 Todos ellos están bajo la influencia de tres fuentes de informaciones: la geografía bíblica del medievo, los escritos de los antiguos que han vuelto a la luz y los descubrimientos de los marinos que desplazan cada vez más lejos los límites del mundo conocido.

En ningún caso osan contradecir las Escrituras. Los organizadores de los descubrimientos adhieren sin duda a las tradiciones medievales, pero no se contentan con la afirmación del dogma. No les basta evocar el Paraíso Terrenal: es necesario saber en qué meridiano y paralelo se encuentra y qué forma especial tiene el orbe en ese lugar. El mismo principio se aplica a las islas legendarias: es preciso situarlas. Los descubridores del Renacimiento no se sienten satisfechos con creer; quieren verificar, explicar, probar. He ahí la gran diferencia con el espíritu dogmático del medievo.

Llegan tiempos en que sueños milenarios y viajes fabulosos parecen hacerse realidad. Los portugueses avanzan inexorablemente hacia la India mientras que en varios círculos científicos se acaricia la idea de alcanzarla navegando hacia el Poniente. Por una u otra vía, los navíos zarpan hacia el lugar más recóndito y escondido de la Tierra que habría de revelar sus riquezas y sus misterios.

En 1492, Colón cree desembarcar en la India rica y fabulosa; hacia 1504 Amerigo Vespucci anuncia que se trata de un cuarto continente desconocido hasta entonces y, en 1522, regresa a Sevilla la nave Victoria que navegando siempre hacia el Poniente retorna a su punto de partida: el círculo histórico y geográfico parece haber concluido para iniciar un nuevo período. La esencia del misterio, los mitos seculares, se trasladan ahora a América. En esas comarcas deben estar el Paraíso y la Fuente de la juventud, los acéfalos y los ejércitos de Amazonas. Pero sobre todo allí brota el oro a raudales, el mismo que el rey Salomón utilizó para construir el Templo. Todo parece estar al alcance de los peninsulares, basta embarcarse y navegar hasta el Nuevo Mundo.

Un nuevo ciclo se prepara. Los misterios se mezclarán con ruidos de guerra, máquinas monstruosas que partirán a devorar pueblos, selvas e incluso las entrañas del planeta. En los puertos de España se escuchan viejos juglares consolar a los desposeídos anunciando la pronta partida:

-¡Ánimo pues, caballeros,

Ánimo, pobres hidalgos,

Miserables, buenas nuevas,

Albricias, todo cuitado!

¡Que el que quiere partirse

A ver este nuevo pasmo

Diez navíos salen juntos

De Sevilla este año!…11

Inuentio Maris Magallanicl.

XV

Descripción de imagen: El descubrimiento del Estrecho de Magallanes. Junto a los dioses clásicos (Júpiter y Apolón) se puede apreciar a una ave Roc capaz de transportar un elefante, tal como la describen las Mil y una Noches, Marco Polo y Antonio Pigafetta (capítulo 7). En el mar se ven sirenas; en tierra un gigante patagón se introduce una flecha por su garganta para provocarse vómitos, de acuerdo con los relatos de Pigafetta (capítulo 8). En las costas se divisan las hogueras que dieron su nombre a la Tierra del Fuego. Dibujo de Stradamus (Jean Van der Straet). Grabado de Théodore de Bry 1594 (Bibliotèque Royale de Belgique).

1 ABRAHAM, 1969, 7.

2 CORTÁZAR Julio (entrevista a), Document n° 9 de l’Unitié de Didactique du Français, rtbf et ucl, 1984, 30.

3 ROMANO, 1972, 69.

4 SANCHEZ-ALBORNOZ, 1977, 61-63.

5 BOORSTIN, 1986, 108-109, y Découvreurs & Conquérents, N°16, 1980, 310-314.

6 DELUZ, 1988, 3.

7 HEERS, 1981, 379-380.

8 ROMANO, 1972, 37-39.

9 HEERS, 1981, 376.

10 LA ROMCIERE, MOLAT DU JARDÍN, 1984, 20.

11 CARPENTIER, 1971, 37-38.

Tomado de: Magasich, Jorge; Beer, Jean-Marc de. América mágica : mitos y creencias en tiempos del descubrimiento del nuevo mundo. Santiago de Chile : LOM Ediciones, 2001., 201 p.

“La soledad de América Latina”, discurso de aceptación del Premio Nobel de Gabriel García Márquez

Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982. Texto completo.

Por: Gabriel García Márquez

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.